La lona que oculta la grada de Preferencia en Balaídos se ha convertido ya en parte del «atrezzo» habitual que viste el estadio. Siete meses lleva apostada a los pies de Tribuna -coleccionado publicidad, eso sí- y esperando a que las obras avancen y pueda retirarse para volver a dar cabida al celtismo. Mientras eso ocurre, las cifras, los plazos y los discursos continúan cruzándose, y el resto de bancadas esperan su turno.
Las previsiones más optimistas señalan el fin del proyecto de reforma del estadio para la temporada 2017/18, es decir, dentro de un mínimo de dos años, aunque la tradición dice que lo más probable es que sea más tiempo. Muchos meses de por medio en los que el celtismo tendrá que someterse a mudanzas habituales con la esperanza de, cuando llegue el final del camino, poder presumir de campo nuevo. O seminuevo, porque por mucho lavado de cara, remodelación y pintura que se aplique, la partida de nacimiento del estadio no rejuvenecerá.
La ilusión de los que por Balaídos transitan cada quince días es hospedarse en un campo seguro al que puedan acudir sin paraguas con los que resguardarse de las goteras y no temer de vez en cuando algún susto en forma de cascotes errantes. Lo mismo sucede con los informadores, que acostumbrados a recibir en algunas cabinas la visita de las goteras cuando la lluvia arrecia, aguardan con impaciencia el día en el que el nuevo y flamante Balaídos sea un hábitat sin humedades, libre de óxido y brillante como una patena. Porque, puestos a invertir millones de euros y a desacomodar al personal, al menos, que el estadio quede presentable, accesible, seguro y cómodo. Que el tiempo y la inversión cimenten un campo duradero y racional que los vigueses y los celtistas sientan como suyo y en el que, el día de mañana, vuelvan a escribirse grandes gestas.
@lgarciacalvo
El celtismo sueña con el día en que pueda presumir de campo seguro