Un hospital mítico

Ángel Paniagua Pérez
Ángel Paniagua LA TRAPALLADA

VIGO

En España hay hospitales que llevan nombres de médicos, de apóstoles, de topónimos, de generales, de conceptos, de miembros de familias reales, de santos, de vírgenes y hasta de árboles. Pero no de escritores. Así que concluimos que la sanidad de Vigo, como en todo lo demás -parte de la población en un hospital privado, una empresa pública que gestiona algunos servicios, las peores listas de espera de Galicia, un modelo semiprivado nunca visto en la comunidad para construir un hospital, dos hospitales a los que se ha alentado a competir entre sí y no a cooperar, etcétera-, is different. Álvaro Cunqueiro fue un maestro de periodistas, un escritor admirable, un retranqueiro genial, un fabulador brillante y un gallego universal. No hay nada que criticar sobre su figura. Es un lujo contarlo entre los vigueses ilustres, aunque naciese en Mondoñedo. Por eso hay un instituto y una calle de Vigo que llevan su nombre, y habría sido ideal para la malograda biblioteca del Estado. ¿Pero un hospital?

Hay algo de fabuloso en que un hospital lleve el nombre de una persona que escribe un libro en el que el mago Merlín se afinca en Galicia en el siglo XX a pasar sus últimos días, acompañado de la viuda del rey Arturo, y soluciona con magia los problemas de sus convecinos. Merlín e familia es un libro delicioso en el que Cunqueiro demuestra su maestría como contador de historias, capaz de crear el planteamiento más fantástico y ponerlo a descansar sobre los lugares y ambientes más reales, como si la historia y el sitio no pudiesen despegarse. Por eso tiene un aroma simbólico que un hospital lleve su nombre, como si la nueva sanidad vaya a ser también eso: una fantasía, una historia mágica, una mítica leyenda.

Ahora que el cartel ya está puesto, no vale de nada recordar a Olimpia Valencia (la primera médica gallega), a Nicolás Taboada Leal o a Antón Beiras, doctores vigueses cuya labor trascendió lo sanitario. Por citar tres. Yo habría escogido Hospital Universitario de Vigo o bien Hospital Xeral de Vigo, porque de poesía ya vamos sobrados. Si alguien me hubiera preguntado. Pero al final, parece que la elección del nombre ha sido algo privado. Vaya clásico, ¿no?

angel.paniagua@lavoz.es

30 de abril del 2015