La carroza


Confieso mi disgusto con la cabalgata de Reyes. En años anteriores, el alcalde y sus concejales desfilaron entre las comparsas, saludando al gentío, como si fuesen personajes navideños. Llegué a pensar que harían con ellos figuritas de belén, como el buey, la mula, los pastorcillos, el alcalde, la Isaura Abelairas o el David Regades. «¿Dónde va la Carmela Silva, papá?», preguntarían los niños. Y el padre: «Cada día en un sitio... En el portal, en el castillo, en el río de papel de plata y en todas partes».

Este año esperaba yo un paso adelante con una carroza especial de la Alcaldía. La imaginaba precedida por un cortejo de cuatro policías a caballo y de gala, con sus penachos de plumas, sin duda procedentes de patos y ánades reales otrora soltados por Cuíña en el río Lagares.

Tras ellos, marcharían doce coches patrulla con sirena. Y cerraría la comitiva policial el perro antidrogas Juno, en plan la cabra de la Legión, muy profesional olisqueando los caramelos, golosinas siempre sospechosas de ser usadas para distribuir drogas en el entorno de los colegios.

Tras esta magna comitante caterva esperaba yo la carroza propiamente dicha. Aparecería primero una furgoneta C-15 con una banderita roja, y un letrero de «Transporte Especial».

Poco después, cuatro grúas Doniz irrumpirían en escena, arrastrando el Bernardo Alfageme por el medio de Policarpo Sanz, con sus 27 metros de eslora.

En el puente de mando iría el alcalde de Vigo lanzando besos a la ciudadanía, mientras sus concejales, vestidos de marineros de Jean Paul Gaultier, arrojarían desde cubierta puñados de chuches a la muchedumbre.

Nada de esto sucedió. Una lástima. Esperaba más del alcalde. Fue mi cabalgata más triste desde que me enteré de lo de los Reyes Magos.

eduardorolland@hotmail.com

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