Las escaleritas

VIGO

Cuando El Corte Inglés llegó a Vigo (el año que viene se cumplirán cuarenta años del acontecimiento), los vigueses iban en procesión como si el Cristo de la Victoria estuviese en la sexta planta. La religiosa peregrinación tenía motivos algo más profanos, pero mucho más divertidos. Se trataba de subirse, por primera vez en la vida, a unas escaleras mecánicas. Parece una tontería, pero todavía hay gente que siente vértigo ante ese gran avance para la humanidad y estrena hoy en día el disfrute de su ascensión para vagos. Hay testigos que han visto a familias enteras aupados a las escaleras como quien compra una ficha para la montaña rusa. Y para un novato no es fácil, es como saltar a la comba. Hay que saber en qué momento encaramarse a la plataforma y no descuidarse cuando termina el paseo para no darse de morros contra el suelo. Los vigueses ya llevamos casi medio siglo de experiencia. Estamos curtidos en escaleras mecánicas de interior, pero nos pillan de nuevas las que se instalan al aire libre. Desde que se anunció su instalación en la Porta do Sol no han cesado ni las críticas ni las alabanzas. A pesar de que todavía no han terminado las obras para que inicien su ascenso hacia la parte alta de la ciudad, ya hay opositores y defensores del artilugio. Los cenizos no paran de anunciar que van a durar dos telediarios y que es un dispendio. Los partidarios se congratulan de poder evitar una entre un millón de cuestas. Las escaleras mecánicas existen en cientos de ciudades y cumplen su función perfectamente. Salvan pendientes imposibles y ayudan a hacer las ciudades orográficamente difíciles más llevaderas. Más dispendio son las absurdas humanizaciones que llevan a la muerte a cientos de árboles y medio Vigo está encantado con ese horroroso mar de cemento uniforme. Y mientras no las inauguran, ¿por qué no abren la calle para poder subir a pie? ¿Cuál es el problema?

begona.sotelino@lavoz.es