El gran mercado americano

VIGO

Sevilla fue el puerto al que se le permitía el tráfico con América.
Sevilla fue el puerto al que se le permitía el tráfico con América.

Las disputas que precedieron a la batalla de Rande se entienden por el valor comercial de las flotas

26 oct 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

El sistema de flotas, como la que integraban los galeones de Rande, tenía por objetivo el tráfico de riquezas. Por eso era importante su seguridad. La pérdida de un buque era duramente castigada. El capitán al que se demostrase culpable por negligencia sería condenado a muerte, aunque más tarde se redujo la pena a la pérdida de su título, la inhabilitación para el comercio con Indias durante dos años y una multa de cincuenta mil maravedíes. Pero era raro que el capitán sobreviviese al naufragio y, menos, a la captura a manos de un buque de bandera negra. El castigo difícilmente se aplicaba.

Los elevados costes que provocaba el flete de estas flotas, en las que viajaban tanto la «parte del Rey» como las mercancías de los comerciantes españoles, se financiaban a través del llamado impuesto de avería. Este tributo estaba fijado entre el uno y el cinco por ciento del valor de toda la mercancía transportada en uno u otro sentido: de la metrópoli a América y viceversa. Con ello, se sufragaban los barcos, así como los pertrechos, armamento y sueldos de las tripulaciones.

El comercio era el gran objetivo y, para entender cómo se desarrollaba, hay que reseñar los puertos y mercados donde recalaban los buques.

Lo primero que vivían las tripulaciones tras avistar puerto no era en absoluto agradable. Subían a bordo los inspectores del Santo Oficio, que estudiaban «qué libros vienen en la nao para rezar o leer o pasar el tiempo, y en qué lengua y si saben que alguno sea prohibido», según relataba en la época el cronista Francisco Fernández del Castillo. Órdenes reales, fechadas en 1543, establecían disposiciones estrictas de que no viajasen «a esas partes libros de romance de materias profanas y fabulosas, porque los indios que supiesen leer no se diesen a ellos, dejando los libros de buena y santa doctrina, y leyéndoles no aprendiesen en ellos malas costumbres y vicios». Estamos en la edad cumbre de la picaresca y los libros prohibidos viajaban a América con regularidad, burlando a la Inquisición, ocultos en barricas de vino o en sacos de cereales o semillas.

Tras la visita de los inquisidores, llegan los agentes de Aduanas, que vigilaban las mercancías transportadas, para que pagasen los correspondientes tributos. Asimismo, se fijaban los precios que debían pagarse en tierra por cada género. El historiador militar Salgado Alba, inspirándose en las crónicas de Morales Padrón y de Sáiz Cidoncha, describe la llegada de los galeones a los puertos americanos de Cartagena de Indias, Portobelo, Veracruz, Santo Domingo y La Habana. «Al aparecer la flota -un inmenso bosque de velas- en el horizonte, todo se ponía en conmoción. Fondeados los barcos y antes de que nadie ni nada fuera desembarcado, se reunían el general de los galeones, el presidente de la Audiencia y los diputados de los dos comercios (España e Indias) con el fin de arreglar los precios de todo, que se publicaban y nadie podía alterar. Después, venía la descarga y todo el inmenso ajetreo del trueque, la compra y la venta. A veces, el jolgorio de la feria duraba durante un mes o más. Por las calles, se contemplaba a los tipos humanos más pintorescos con los atuendos más disparatados. Gentes de mar, soldados, sacerdotes, indios, negros, oficiales de la armada, contadores, alguaciles, alcaldes, monjas, frailes postulantes? Y, con las personas, los más variados productos para vender, comprar o cambiar: perlas, cacao, quina, oro, azúcar, cordobanes chilenos, maíz de Costa Rica, lozas de Cartagena, plata del Perú?, y lo que venía de España: ganado, vino, aceite, papel, utensilios, aperos de labranza?y mil cosas más. Y fiestas y alegría popular y general regocijo».

Marinería ociosa

Eran peligrosos estos puertos. El juego, aunque estaba prohibido, era moneda común, favoreciendo las peleas. Había además un paisaje de filibusteros que buscaban provecho en la riqueza ajena. Y podemos imaginar un ambiente, en general, tan apasionado como temible. «Mientras la ciudad se animaba de tal forma -narra Salgado Alba- no estaba ociosa la marinería. Los barcos, una vez descargados, eran calafateados y, si era necesario, lastrados con piedras, estando prohibido el lastre de arena. Todo se preparaba a bordo para el viaje de regreso a España, de modo que los buques mercantes como los de escolta, se encontrasen en las mejores condiciones para hacer frente a las amenazas de la travesía, los temporales, los bajos fondos, la posible escasez de víveres? y los piratas».

Uno de los principales puertos de escala era Portobelo, donde se celebraba una gran feria a la que acudían los indígenas para vender sus géneros y los mercaderes españoles, para fletar sus pertrechos hacia Europa y adquirir manufacturas del Viejo Continente. También se pagaban allí los impuestos correspondientes. Situada en la orilla atlántica del istmo de Panamá, Portobelo se desarrolló enormemente, pues era la puerta terrestre hacia los territorios del Pacífico. Para ello, se construyó el llamado Camino de Cruces, por el que transitaban las mercancías cubriendo el istmo panameño. Cada vez que llegaban los galeones, el virrey de Nueva España advertía de inmediato al del Perú para que se transportasen a Portobelo sus mercancías, en especial las ingentes cantidades de plata que provenían de las minas de Potosí.

Los beneficios obtenidos en América por la venta de géneros eran astronómicos. Se calcula que en los puertos convencionales las mercancías cuadruplicaban su precio con respecto a lo que costaban en España. En el interior del continente, los precios se multiplicaban por diez. Era un negocio muy lucrativo, aunque también acorde con los riesgos que los comerciantes asumían en la empresa.

Con tantos intereses comerciales de por medio, pueden entenderse las tensiones que precedieron al desastre de Rande. Los dos años en que la flota se quedó bloqueada en América desencadenó tensiones que estallarían en la ría de Vigo antes de la batalla de 1702.