La flota de las Indias, un modelo imitado

La batalla de Rande dio al traste con el sistema de transporte desde América

Sevilla fue durante muchos años el puerto base para la importante flota española de las Indias.
Sevilla fue durante muchos años el puerto base para la importante flota española de las Indias.

Vigo

eduardorolland@hotmail.com

Las flotas que traían a Europa las riquezas americanas fueron un pequeño milagro logístico. Pero su organización se veía a veces minada por el estraperlo, la piratería o las inclemencias meteorológicas. En Vigo, en 1702, se registraría en la batalla de Rande su mayor desastre, con la pérdida al completo de los galeones. El 23 de octubre, la próxima semana, se cumple el aniversario del gran combate naval que incendió la ría de Vigo.

Los buques que integraban las flotas eran construidos en diversos astilleros españoles, según órdenes reales. Sin embargo, en períodos de crisis se llegó a vulnerar esta norma. En 1571, se autorizó a comprar barcos fabricados en Inglaterra y, más tarde, se llegó incluso a fletar mercantes adquiridos a Francia o a los Países Bajos, con los que España se hallaba en guerra.

En un principio, la ruta con América se realizaba con pequeñas carabelas de menos de cien toneladas de registro bruto. Pero la cuantía de los tesoros, en buena medida compuestos por metales preciosos, obligó enseguida a emplear naos mercantes de entre doscientas y cuatrocientas toneladas. Este último registro era el más alto, ya que, en caso de superarse, los barcos quedarían embarrancados en la barra de Sanlúcar y no podrían remontar el Guadalquivir hasta Sevilla. Solo cuando se fijó Cádiz como puerto base para la flota de Indias pudieron utilizarse buques más grandes, por encima incluso de las mil toneladas sin las limitaciones que imponían los bajíos de Barrameda.

El investigador Jesús Salgado Alba, en su estudio El buque de escolta de la Armada española, defiende que el sistema de flotas fue todo un hallazgo «de origen netamente español, adoptado luego por las potencias marítimas, Inglaterra y EE UU, en las dos guerras mundiales, lo que constituye la principal aportación del pensamiento estratégico español a la estrategia naval universal».

General y almirante

En efecto, el sistema de convoyes que, en la II Guerra Mundial, emplearon los aliados para asistir a las islas británicas pudo estar inspirado en las flotas creadas por España para comerciar con América.

Desde 1543, los convoyes fueron organizados en dos elementos básicos: La flota, integrada por los buques de transporte, y la armada, o buques de escolta. Un almirante mandaba la flota, a bordo de un mercante fuertemente artillado denominado nave Almiranta. Un general estaba al frente de la escolta, a bordo de un buque denominado Capitana. Este último tenía el mando supremo de los convoyes e incluso su apellido o su título nobiliario daba nombre a toda la flota.

Las ordenanzas estipulaban que los buques no fuesen menos de diez, con un desplazamiento superior a las cien toneladas cada uno. En los momentos de mayor producción de riquezas, cuando las minas de Potosí se hallaban en su etapa álgida y eran ingentes los metales preciosos a transportar, las flotas llegaban a integrarse incluso por más de noventa embarcaciones.

Aunque los galeones de escolta tenían prohibido transportar mercancías, el fraude estaba a la orden del día. El estraperlo era común. Los informes de la Casa de Contratación, recogidos hoy en el Archivo de Indias de Sevilla, revelan que el fraude era elevado y que se transportaba entre dos y diez veces la mercancía que era declarada. Con ello se evitaba el pago de tributos. Y, además, no eran pocos los comerciantes franceses, ingleses y holandeses que traficaban con América utilizando a testaferros sevillanos para salvar la prohibición.

Seguridad garantizada

En 1573 se dictaron instrucciones sobre cómo debían organizarse los convoyes durante la navegación. Así, debían ir «en orden de batalla», en varias filas, mientras la nave Almiranta navegaba cerrando la formación, controlando la marcha de todos los mercantes. Pequeños barcos, llamados avisos, ligeros y rápidos, circulaban entre los barcos transmitiendo órdenes. En ocasiones se adelantaban a los puertos de escala para recibir noticias y controlar que la situación fuese segura.

Como explica Salgado Alba, «los galeones de la armada de escolta ?normalmente de cuatro a ocho- se situaban durante la navegación a barlovento de la flota de mercantes, y en posición avanzada, con la finalidad táctica de acudir con toda rapidez en socorro del grueso si se producía algún ataque enemigo, averías graves en algún barco o cualquier otra contingencia».

No era fácil, por tanto, cualquier tentativa de abordar a la flota de Indias con su perfecta organización durante la navegación. Los piratas y corsarios debían contentarse, por lo común, con observar desde lejos el espectacular enjambre de velas que surcaba el Atlántico. Solo los buques rezagados, por avería o por las frecuentes tormentas oceánicas, podían ser presa de los filibusteros.

A lo largo de tres siglos, solo en un par de ocasiones sufrieron daños las flotas anuales, siempre por el ataque de flotas de guerra enemigas. Los piratas eran meros espectadores que solo lograban algún éxito ante los buques que perdían la marcha del convoy. Por poner un claro ejemplo, en los ocho años que van de 1548 a 1555 solo se perdieron cuatro barcos de un total de 540 fletados desde las Indias por España. Solo dos cayeron en manos de filibusteros, mientras que los otros dos se hundieron por las inclemencias del tiempo.

Desde 1503 a 1650 se perdió un diez por ciento de los barcos fletados, pero los naufragios fueron la razón principal. Medio siglo más tarde, en 1702, llegaría el mayor varapalo para el sistema de flotas en su historia: la batalla de Rande, que llevó a la pérdida de los galeones al completo.

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