Una emergencia

VIGO

25 sep 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Es esta una de esas apacibles noches del verano vigués. Un señor pasea un perro por el tramo peatonal del Calvario, la humanizada piedra de la humanizada calle absorbe la amarillenta luz de las farolas con avaricia, el pantalón corto ya pide refuerzos y un grupo de compañeros de trabajo se desea, lacónico, unas buenas vacaciones mientras abandona el restaurante. Disfrutamos de una agradable cena y de una atención exquisita cuando, de improviso, aparecen tres agentes de la Policía Local, corteses, impecables, sonrientes. Junto al local titilan las luces azules del coche patrulla. El vehículo está aparcado encima de la acera en un tramo vedado a los coches. Así que no queda otra. Dentro del restaurante tiene que estar ocurriendo algo. Una emergencia, sin duda. Una cosa grave. Algo urgente que ha impedido que los corteses, impecables y sonrientes agentes se paren a buscar una plaza para aparcar su coche. Por lógica. Mientras ahí dentro ocurre algo, yo sigo cenando aquí, en la terraza, resignado al segundo plato, suspicaz.

Cuando aparece otro coche.

Es de la Policía Nacional. Aparca también en la acera. Esto es gordo, chaval, me digo. Levántate, haz como que vas al baño y cheira. Juro que estoy a puntito pero, en ese momento, uno de los municipales sale, finiquita una conversación, cierra el teléfono de golpe con la alarma en el rostro, se gira y apremia: «¡Vamos, vamos!». Sus compañeros salen corriendo, se montan en el coche patrulla y vuelan.

Una emergencia dentro de otra, pienso. Si se han marchado, ha tenido que ser algo grave. Vamos, más grave que lo que ocurre en el restaurante. Menos mal que se han quedado los policías nacionales, con su coche aparcado en la acera. Tomo el postre desconcertado, pensativo, masticando por inercia. ¿Qué está pasando? Los policías nacionales siguen dentro y no se escuchan ni gritos ni sirenas ni ruidos. ¿Iré a mirar? ¡Qué tensión!

Cuando me estoy incorporando, reaparecen los tres policías locales. Llegan corteses, impecables, sonrientes. Aliviados. Y aparcan, de nuevo, sobre la acera. Dispuestos a seguir haciéndose cargo de la primera emergencia. Menos mal.

angel.paniagua@lavoz.es