Los últimos barcos de madera

Un astillero fundado en 1942 lucha por su supervivencia en Moaña

Gonzalo Riobó y su sobrino Benxamín en la puerta de la carpintería de ribera, que lucha por seguir en Moaña.
Gonzalo Riobó y su sobrino Benxamín en la puerta de la carpintería de ribera, que lucha por seguir en Moaña.

moaña / la voz

Es el último astillero de barcos de madera que queda en Moaña. Decenas de troncos de eucaliptos sostienen el tejado. A pesar de su aspecto frágil y de los respiraderos que dejan circular el aire con generosidad bajo la cubierta, en el edificio no entra ni una gota de agua aunque fuera caen chuzos de punta. Del techo cuelga una gamela y su vela blanca inmensa. Detrás de Gonzalo Riobó (77 años), carpintero de ribera por tradición familiar, se disponen una chalana, un bote y otra embarcación de pequeño tamaño. Al astillero situado en el centro de Moaña junto al mar lo conocen como el de los Casqueiro.

En 1942 Pedro Riobó, padre de Gonzalo, se estableció allí. Desde entonces en la nave se han construidos más de un centenar de embarcaciones.

La tradición se remonta a José Riobó Rúa, abuelo del dueño actual. Natural de Meira, y casado con Francisca Casqueiro, de Moaña, al comenzar el siglo XX, José compró un terreno del Ayuntamiento y montó allí una carpintería en la que trabajaban sus hijos. Como no era suficiente para alimentar a su familia, se construyó una lancha de pesca y salía a pescar sardinas. «Entonces los aparejos eran de cáñamo», recuerda Gonzalo. Para conservar las redes en buen estado las hervían con cáscara de pino. Una noche quedaron rescoldos encendidos y el fuego se extendió (hoy día el solar está ocupado por la librería Pontillón). «Estábamos durmiendo. Afortunadamente no nos pasó nada», Tras el incendio, mi padre y otro vecino, José Paz Cancelas, solicitaron a la junta de obras del puerto un terreno para poder montar un negocio porque se le habían quemado los aparejos. Así empezó a vender madera aquí», recuerda Gonzalo Riobó.

Buscando huevas de bacalao de estraperlo en Pontevedra, para utilizarlas para elaborar cebo para las sardinas, Pedro Riobó se cruzó con Víctor Guiance un armador que le encargó su primer barco, O Chibardo, un pesquero de 16 metros. Y ahí empezó la fructífera tarea del astillero de embarcaciones de madera en la posguerra.

«Moaña llegó a tener cien barco y el 90 % los hizo mi padre. También tenía encargos de Cangas, Cambados, de Vigo e incluso de Huelva. Llegó a construir un barco de 21 metros de longitud, O Conexo.

Durante años, la carpintería de ribera de los Casqueiro fue un floreciente negocio y llegó a tener 20 empleados que se arracimaban junto a los costados de las naves que ensamblaban y pulían con el cepilla antes de calafatearlas. Luego se impuso el poliéster y la fibra de vidrio y los pedidos fueron a menos. Pero el amor a la tradición hizo que en Moaña surgiese la asociación de embarcaciones tradicionales Sueste, que sigue encargando trabajos a la carpintería. El anterior alcalde, Xosé Manuel Millán, quiso convertir el astillero en un museo etnográfico. Pero la idea no prosperó por falta de fondos. El negocio tiene concesión hasta 2018.

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