CSI O Berbés: se ha escrito un crimen

VIGO

El asesinato de tres paisanos en una taberna indignó a los vigueses y ayudó a la victoria de 1809

07 sep 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Un crimen marcó la reconquista de Vigo. El asesinato de tres paisanos en una taberna del Casco Vello, ensartados a bayonetazos en una disputa con varios soldados franceses, provocaría una ola de indignación en la villa que encendería los ánimos de la resistencia. Los hechos fueron investigados y esclarecidos. En el Archivo Histórico Nacional, en Madrid, figuran los informes de aquel caso. Como en la mítica serie televisiva, digamos que fue un CSI de comienzos del siglo XIX. Un episodio en el que no faltan informes forenses, declaraciones de testigos de cargo y la resolución de un crimen que conmocionó el Vigo de hace algo más de doscientos años.

Una mañana de marzo, amanecieron los vigueses con la noticia de que varios soldados franceses han sido acusados del asesinato de tres paisanos en la taberna de Juana Rial. Los muertos son Joaquín de Silva, viudo; Antonio Salgado, herrero, y Juan Antonio Salgado, criado de un chocolatero.

El instructor del caso, con la meticulosidad propia de Gil Grissom en CSI, toma declaración a Juana Rial, testigo de cargo de la causa. «Los franceses entraron a beber vino, y a la sazón entraron también en la taberna los tales sujetos: los franceses convidaron a los españoles, y como uno de ellos pusiese la mano sobre la boca del fusil de uno de aquellos, irritados éstos, se puso uno encarado a la puerta con el fusil, el otro dentro, diciendo a la que declara que no gritase ni llorase que no le causaría daño. A cuyo tiempo se aproximaron otros muchos más franceses que con los fusiles, sables y bayonetas les dieron golpes y los clavaron, sacándoles fuera de aquel punto».

El investigador obtiene luego datos sobre la forma en que ocultaron el crimen. Según los documentos consultados en el Archivo Histórico Nacional, Juana Rial añade: «Los llevaron arrastrando conduciéndolos así, calle abajo, hasta el cabo de la Lage, a enterrarlos en la arena de la orilla del mar».

Informe forense

De inmediato se ponen los hechos en conocimiento del gobernador de la plaza y se decide examinar el lugar del presunto enterramiento. Acuden el comandante Limousin, el gobernador Chalot, el médico Tomás de Otero, el regidor decano y el cirujano Francisco Julián Pérez. Emiten el siguiente informe forense:

«Junto al cabo de la Lage confinante a la muralla de la fortaleza y muelle de ella, después de bajamar se pudo verificar entre once y doce de hoy, día 21 de marzo, se hallaron los tres cadáveres enterrados boca abajo en la arena; puestas unas piedras a propósito encima de su cuerpos con la demostración de que la mar no pudiese sacarlos de aquella situación con su flujo y reflujo».

Los cuerpos estaban desnudos. Joaquín Silva presentaba «una herida en la cabeza situada en el hueso temporal izquierdo, de figura redonda hecha con bala, la cual atravesando el cerebro en toda su sustancia, tuvo salida por el hueso temporal derecho, la que consideran decididamente ser la causa de su muerte».

A Antonio Salgado «le hallaron dos heridas en la parte anterior de la cara, de extensión de seis pulgadas cada una, que interesaba hasta la mandíbula superior e inferior de ella, hechas con mucha violencia y con sable, y otra en la cabeza sobre el hueso Petroso hecha con bala, que atravesaba el cerebro y salía a cuatro dedos de distancia de su entrada, otra herida infisa sobre el parietal izquierdo que extendía a todo él interesaba hasta el cerebro, considerando la más leve de estas heridas mortal de necesidad».

Identificación

Juan Antonio Salgado «se hallaba con una herida en la cabeza situada sobre el borde superior del parietal derecho de extensión de tres pulgadas, de figura triangular hecha con bayoneta, teniendo salida a seis dedos de distancia con dirección de bajo arriba, por entre el pericráneo, y los músculos igualmente se hallaban con una dislocación de la primera vértebra del cuello con la segunda estrangulados todos los músculos de esta parte, demostrando una muerte violenta por horca o garrote dado con cordel trexa».

Los asesinos son identificados. El comandante Chalot manda arrestarlos. Pero, en una hábil argucia, prende también a un clérigo vigués al que acusa de pasar información a la resistencia. Tiene pruebas de un intercambio de mensajes con el campamento vigués situado en Zamáns. Finalmente, se llegará a un acuerdo. Los soldados culpables se librarán del pelotón de fusilamiento. A cambio, seguirá vivo el sacerdote. La artimaña beneficia a los ocupantes. Pero, solo unas semanas más tarde, serán derrotados por los vigueses, rendidos y enviados prisioneros a Inglaterra.