Una de las características singulares de Vigo es su extraña idiosincrasia. Pese a no ser una megalópolis, funciona como si lo fuera. Su trasiego urbano, el estrés con el que se vive aquí el día a día, supera al de ciudades en las que conviven millones de habitantes. En los últimos años llama la atención el incesante aumento del número de perros, que es notable y patente con solo darle una vuelta por los espacios que sus dueños utilizan para salir a pasearlos. Y llama la atención porque Vigo es hostil con ellos. No los quiere ni la mayoría de sus habitantes ni el Concello, que hace cicateras concesiones. Es una experiencia ir con un can por la calle. Te enseña mucho de cómo es el personal en cuyas caras se dibujan sentimientos de asco, miedo y un punto de histeria que es bastante penoso. Entonces, ¿cómo es que hay tantas familias con perros? ¿Por qué se emperran en tenerlos? ¿Será que no saben lo difícil que va a ser que tengan una vida digna, que puedan corretear en alguna parte sin contravenir las normas municipales? ¿O será que no les importa y lo que hay son miles de ciudadanos inconscientes que a la primera de cambio se van a deshacer de su mascota soltándola en el monte o delante de una protectora? En capitales europeas como Londres, París o Berlín, la sensibilidad hacia los canes es enorme. Pueden viajar en los transportes públicos y entrar en la gran mayoría de comercios y bares sin que nadie se mese los cabellos, porque lo cierto y comprobable es que molestan menos que los mocosos maleducados que habitualmente hay que soportar en los restaurantes sin que sus padres llamen la atención a tan simpáticas ricuras. Aquí, poco a poco se van sumando comerciantes a una corriente internacional que entiende que los animales de compañía, bien educados, son bienvenidos. Además se han dado cuenta de que les conviene, porque pierden dinero. Y eso sí que no.
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