El martes, a las dos, iba yo a entrar en el ayuntamiento cuando me paró en la puerta un policía local: «¿A dónde va usted?», me preguntó con malos modos. Le expliqué que tenía una cita en una concejalía. «Pues aquí no tengo ninguna nota de que haya una cita con nadie», me respondió, «y, si hay un fulano que le ha citado, tenía que haber dado aviso aquí». Asustado, objeté que debía yo completar un trámite sin falta y que había sido convocado a esa hora. «¡Pues llámele por teléfono y que baje a buscarle!», me soltó el agente muy malencarado.
En estado de shock, intenté llamar al departamento correspondiente, pero nadie respondió. «Pues si no le responden, igual es que el fulano no quiere verle...», me respondió. «¿Y no podría usted llamar por teléfono para avisar o darme el número del departamento?», sugerí. «Yo no tengo que llamar a nadie, aquí no hay teléfono y no es mi función; ahora váyase y no moleste...».
Cada palabra de este señor era prácticamente a gritos. Me sentía como ante el guardián del castillo de Kafka. ¿Y este es el funcionario más idóneo para recibir al ciudadano en el ayuntamiento? Porque durante la mañana hay otros muy amables... ¿De dónde saldría semejante joya?
Cuando me disponía a irme, una funcionaria caritativa se acercó. «Aquí este fulano que dice que quedó con un fulano», le resumió el policía con estas exactas palabras. Seguidamente, se marchó, enfadadísimo conmigo, con el mundo y consigo mismo.
Por fortuna, la propia empleada municipal, con cara de bochorno, llamó por teléfono al departamento donde me habían citado. Y pude llegar a tiempo.
De regreso a casa iba pensando en el policía. Y que la culpa no es del fulano. Es del fulano que pone en ese puesto al fulano.
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