Es interesante observar cómo el mal tiempo de estos días cambia todo de sitio. Sales a la calle y hay ramas por el suelo, los contenedores están tirados sobre la acera y hay una atmósfera como de catástrofe de película. Cuando no hay un viento fortísimo, todo se queda en silencio con el ruido de alguna sirena de fondo. Pero no solo son cosas físicas las que cambia de sitio el temporal.
El tiempo, que normalmente es de lo que se habla en el ascensor cuando no se sabe de qué hablar, pasa a ser motivo de conversación con desconocidos. «¡Vas a salir volando!», me dijo una señora el otro día. Y eso que aquí en la ría de Vigo estamos bien resguardados.
Este cambio también se refleja en las noticias. Pasa de ser la última parte del telediario a ocupar todos los titulares. Me pregunto si lo usarán los medios para distraer de los problemas que verdaderamente importan. No sé, pero si por las noticias fuese, estos días no habría más que premios Goya y olas de 13 metros. También resulta gracioso escuchar cómo todos los años sucede algo que no se veía desde hace medio siglo.
Me pregunto si este tiempo tan extremo nos distraerá de nuestros problemas. Tengo la sensación de que es como una montaña rusa de la cual, cuando nos bajemos, volveremos a nuestras vidas como después de un tiempo out.
Es como si la agitación atmosférica se acompañara también de agitación interior y, cuando se tranquilizase, igualmente se calmara nuestro ánimo. Cuando vuelva el sol (bola de fuego que solía estar tras la nubes), los corredores volverán al paseo de Samil, la gente paseará a su perro en Coia y los ancianos volverán a sus bancos y a ver las obras. Todo volverá a su lugar natural, pero con renovada calma.
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