Hilarante. Leer y escuchar algunas críticas que se están produciendo estos días al desembarco de Pemex en Barreras es un ejercicio que invita a la risa. Te preguntas qué soluciones aportan para que los intrusos mexicanos (¿qué se habrán creído estos mariachis?) no se conviertan en dueños del emblema naval. ¿Quizás que el astillero celebre con champán los tres años que lleva sin cortar chapa? ¿Acaso que se nacionalice para que los trabajadores sigan jugando a las cartas mientras esperan contratos que nunca llegan? ¿O prefieren amenazar con una pistola a los sinvergüenzas de Bruselas que se resisten a subvencionar la construcción de barcos?
Hay un punto de xenofobia en la desconfianza que genera la multinacional mexicana. Es algo parecido a lo que ocurrió hace poco, cuando la adjudicación de Novagalicia Banco a un banquero venezolano generó más de un chiste, o también cuando los chinos de Citic se hicieron con la porriñesa Censa. Porque no sucede exactamente lo mismo si los franceses compran Copo, si los suecos adquieren Comunitel o, incluso, si es un grupo catalán el que se hace con Pescanova. Ahí, los complejos de superioridad se transmutan en meros lamentos por pasar a manos foráneas.
Resulta hilarante, sí, criticar la llegada de inversores. Solo les falta reivindicar el rancio abolengo, la vuelta de prohombres locales como Julio Gayoso, Pucho Viñas o Manuel Fernández. Y gritar a los cuatro vientos: «¡Al diablo con la globalización! Volvamos a expulsar a los gabachos y pongamos a Cachamuiña al frente de Citroën». Otros, en nuestra ingenuidad, pensamos que cuando empiecen a crearse puestos de trabajo en la industria naval habría que tirar a la basura el histórico letrero «Hijos de J. Barreras» y cambiarlo por uno que rece, entre admiraciones, «¡Híjole Barreras!».
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