Hace 20 años, el sabio economista John Kenneth Galbraith escribió un libro que pasó prácticamente desapercibido pero que ayuda a explicar los dilemas que surgen cuando en Vigo hay que decidir si se deben subvencionar vuelos a Peinador o si es mejor destinar fondos a la Biblioteca Central o si hay que quitarles el techo y el café a los drogodependientes de Sereos. El libro, escrito por este keynesiano crítico, se titula La cultura de la satisfacción. En el texto, Galbraith explica cómo y por qué los políticos se desviven por subvencionar los caprichos de la clase media, como entradas baratas a las piscinas públicas, ayudas para disfrutar de eventos deportivos y culturales, y, aunque no lo dijo, aquí se incluirían los famosos vuelos low cost Vigo-Londres. En realidad, esos ciudadanos satisfechos con poder adquisitivo medio se podrían pagar perfectamente el billete de avión o la entrada al teatro pero, como son los que votan y los que pagan impuestos, eligen a los gobernantes que les devuelven más dinero.
Galbraith dice en La cultura de la satisfacción que los perjudicados por este dispendio son los más pobres, los marginados sin influencia política porque ni siquiera votan. Él se refería a los sintecho de San Francisco que recogen latas de refresco para revenderlas o a los pobres de Nueva York que han montado una asociación para defender sus derechos. El autor canadiense hablaba en 1992, cuando aún vivíamos en una sociedad opulenta y Vigo tenía una clase media fuerte que demandaba teatro, piscina y vuelos baratos a Londres. Eso se acabó y el mensaje de Galbraith está más vivo que nunca. El dinero que antes se regalaba a las compañías aéreas debería dedicarse a obras de beneficencia. A duras penas, un vigués puede vivir con 426 euros al mes. El Concello está obligado a redoblar la ayuda al necesitado. Aunque no vote.
redac.vigo@lavoz.es