El momento «jodechinchos»

Diego Pérez Fernández
Diego Pérez VIGO / LA VOZ

VIGO

La capital de O Morrazo es pionera en nudismo, ferris, buen comer, fútbol keniata...

20 ene 2022 . Actualizado a las 17:19 h.

En Cangas, el inicio del verano no lo marca el solsticio. Uno sabe del cambio de estación porque se dispara el precio de los chinchos en la plaza de abastos. De un día para otro. Llegan los veraneantes y se llenan los playas. Bullen las terrazas. Florece el mercado negro del alquiler de pisos. Las carreteras se colapsan y comienzan las caravanas a la altura de Rande. Se practica a diario un fútbol llamado keniata. Y existe la posibilidad de que Julio Iglesias se acerque a tomar una mariscada para rememorar las vacaciones de su infancia. Porque a Cangas siempre se vuelve. Es como el amor que decía Lope: quien lo probó lo sabe. Por muchas cosas que cambien, la esencia permanece. Donde antaño atracaban los barcos de vapor ahora arriban los catamaranes. A pesar de la creciente presión inmobiliaria, sobreviven los arenales urbanos como Rodeira, los cálidos de Aldán y los más fresquitos como Barra. Massó continúa en su sitio, aunque ya no lleguen ballenas dejando regueros de grasa. Y siguen siendo audibles todo tipo de acentos, aunque los niños ya no puedan jugar a descubrir matrículas de cualquier provincia de España.

Hay sitios distintos en los que la movida dura veinticuatro horas al día. Por las mañanas aún es tradición ir de chiquitas, las sobremesas empalman con las tardes por el buen comer y las noches siempre son meigas al lado del mar. Es lo que tiene albergar tanto artista por metro cuadrado. En los veranos cangueses, los cantantes de tasca se han ido alternando con los heavies y los teatreiros conviven con los dibujantes de cómic. Cualquiera da la nota, cualquiera pinta algo. Y sí, la leyenda es cierta: Cangas tiene su propio microclima. A los feriantes se les llama invasores y a los turistas, jodechinchos.