«Aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión»

Miles de personas lo respaldan en la lucha por el indulto de su hijo


Dice que, cuando descansa mal, por la mañana su ceguera es blanca. «Sin embargo -explica-, si duermo bien, veo en negro, y esta noche no ha sido así». Edmundo David Reboredo Torea (Vigo, 1930) irá hoy, como todos los domingos, a visitar a su hijo David a la prisión provincial de Pontevedra donde, el pasado jueves, hacían un informe favorable al tercer grado. Profesor e intérprete políglota en inglés, francés y alemán durante media vida en el puerto de Vigo, la lucha por el indulto de David lo ha llevado a convertirse, con 82 años, en una enciclopedia de leyes. Su esfuerzo y el apoyo de miles de personas conseguirán, seguro, que su ceguera vuelva a ser negra y reposada.

-¿Qué tal está David?

-Lo vi el domingo pasado, vía locutorio: no fallamos ni un solo fin de semana. Está bastante animado, aunque tiene ciertos bajones, como es natural. Como le contesté a alguien que me preguntó el otro día, aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión. Se va adaptando, tiene fuerza de voluntad. Es capaz de vivir sin mantener grandes relaciones; en estos sitios, cuanta menos gente se conozca mejor.

-¿Y cómo está la situación jurídica?

-Tiene una condena de cinco años y medio por una papelina que no llega a los cuatrocientos miligramos [el Supremo rebajó en diciembre en año y medio la primera condena]. Hablar del artículo 368 diciendo que es un atentado contra la salud pública es totalmente ridículo.

-Usted es optimista...

-A corto plazo creo más en el tercer grado. He leído un artículo que dice que la sección quinta de la Audiencia Provincial de Pontevedra, con sede en Vigo, es muy reacia a conceder informes favorables a los indultos. Y si se trata de drogadicción, menos. Ahora, yo no le pido más que lo siguiente: que informen negativamente, pero que no se opongan a que se lo concedan. Oficialmente no tengo más comunicación del Ministerio de Justicia que un acuse de recibo. Y la clásica contestación de la Casa Real, a la que hemos acudido, diciendo que el caso «ha sido sometido a la consideración de su majestad».

-Imagínese que tiene delante al rey. Hable como le hablaría...

-Mire, majestad: creo que si usted simplemente se limita a ver las circunstancias que concurren en este caso, tengo la absoluta certeza de que usted, prácticamente, ordenará que se conceda el indulto. Es anormal pensar que por medio gramo escaso se esté hablando de una pena semejante para una persona en completa rehabilitación.

-«Dura lex sed lex» [la ley es dura, pero es la ley].

-Si los representantes no son capaces de reformar la ley porque no tienen esa iniciativa, tendrán que reformarla los representados. Porque el caso de mi hijo no es único.

-¿Cómo perdió la visión?

-A causa de un glaucoma, la ceguera silenciosa, como la llaman, una enfermedad oculta sobre la que no se hacen campañas, y deberían. Cuando uno se queda ciego, lo primero que tiene que aprender es a manejar sus extremidades con sumo cuidado. Tiene que ser como un gato, que se sube a la mesa y no tira los vasos. Yo rompí un vaso en una sola ocasión y, desde aquella, nunca más. Otro factor muy importante para asumir la ceguera es tener mucha paciencia y mucha soledad. Pero uno llega a habituarse.

-¿Le leen sus hijos?

-Mucho. Yo, que aprendí tantos idiomas, no llegué a estudiar el braille. Pero la vida es como es.

nacho.miras@lavoz.es

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