Serafín Otero fue nativo de las islas y protagonista de su historia 83 años
23 dic 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Cuando Serafín Sotelo Herbello vino al mundo en la isla de Faro, el 26 de septiembre de 1929, la palabra supervivencia tenía sentido inequívocamente literal. Mientras los ejecutivos de Wall Street se suicidaban al descubrirse arruinados por el crac, su humilde familia tiraba para adelante con el maíz y las patatas que sembraban y con el pescado que sacaban del lago en unas islas tan hermosas como ajenas a cualquier comodidad. El hombre que ayer falleció en el Hospital Povisa a los 83 años de edad puede considerarse la última leyenda de las Cíes.
De su infancia recordaba sobretodo lo dura que fue. Tiempos marcados por la Guerra Civil y una cartilla de racionamiento que solo garantizaba el pan yendo a tierra firme, para lo que había que sortear temporales. Era el mayor de varios hermanos (algunos como Benedicto siguen vivos, por lo que no es el último nativo) y perdió a su madre muy pronto. Aprendió a leer y escribir gracias a Ceferino, un farero, y se casó con Esperanza Barreiro, nacida en la isla Sur. Cuando quisieron contraer matrimonio en Vigo el cura les dijo que no era posible, para su sorpresa. Tuvieron que desplazarse a O Morrazo porque el archipiélago depende eclesiásticamente de Cangas. Y este pueblo, a la postre, marcó el resto de su vida: cuando él y su mujer prosperaron y lograron cambiar la gamela en la que iban remando a vender el pescado por un pequeño barco a motor, compraron una casa en Darbo. Pero Serafín nunca dejó de ir a Cíes y de pasar varios meses al año en su verdadero hogar. Al hilo del bum turístico que llegó con la declaración de parque natural, decidió montar un pequeño bar en el terreno que le correspondió en herencia y le fue bien. Le hicieron generosas ofertas por él, pero a última hora siempre se echaba atrás. «Fue un gran trabajador», recuerda Emilio Fernández, dueño del cámping, que le conocía desde hace más de medio siglo. Para José Antonio Fernández Bouzas, director del Parque Nacional Illas Atlánticas, Sotelo fue una fuente de información impagable: «Es una gran pérdida, ahora debemos guardar sus recuerdos y mantener viva su memoria». Episodios como el naufragio del Ave del Mar, un paseo con Franco tras el inesperado atraque del Azor y la catástrofe del Prestige cobraban otra dimensión en sus labios.