La bisnieta del fundador de la joyería encarna la cuarta generación al frente del comercio
26 feb 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Hay locales que tienen años y otros que además de años, son historia. Uno de ellos es la joyería Ramón Fernández, que encarna un tipo de negocio en peligro de extinción, aunque tras haber cumplido más de un siglo casi sin darse cuenta, igual llega a bicentenario pese a los tiempos que corren. Nunca se sabe. Cuando el fundador, el santiagués Ramón Fernández llegó a Vigo dispuesto a labrase un futuro, seguro que nunca pensó que ciento dos años después su empresa seguiría en forma.
Seguro tampoco imaginó que sería una de sus bisnietas la que se haría cargo del negocio. Más que nada, porque su sucesora, Verónica, es bióloga y tampoco ella misma se imaginó que acabaría entre joyas, relojes y piedras preciosas. Pero así fue. Verónica Cuíñas Gómez reconoce que fue una cuestión puramente de necesidad laborar. «No encontraba trabajo y tras un año en el paro al final decidí integrarme en la empresa». Aunque se ocupa de atender a la clientela y de la gestión, también se inició en el sector estudiando Gemología, «pero ya era demasiado tarde para poder aprender los secretos del taller, algo que requiere habilidad y arte. No basta con el interés», admite.
Lo sabe muy bien Daniel Peixoto, que lleva en la joyería 38 años. «Empecé a los 15 como aprendiz», revela. Casi a la misma edad empezó su compañero Miguel, que falleció el año pasado, por lo que actualmente es el más veterano en esta historia que tiene hasta conexión monárquica.
Verónica no sabe cómo fue, pero sí sabe, como lo sabe todo el mundo, que la joyería Ramón Fernández ostenta el honor de ser proveedor de la Casa Real desde 1922, concedido por Alfonso XIII. Y de alguna forma, el vínculo continúa. Los actuales monarcas nunca pasaron por allí, pero cuenta Verónica que una de sus clientas más fieles fue invitada a la boda de Don Felipe y Letizia, y que les llevó como regalo nupcial unas cucharillas de plata que encargó a la joyería viguesa. De hecho, las cucharillas siguen siendo uno de los productos de artesanía hechas a mano que les distingue y que más les piden.
La bisnieta de Ramón Fernández cuenta que su bisabuelo llegó de Santiago tras pasar unos años de aprendiz en el taller del orfebre Santiago Rey. «Se metió en esto porque dibujaba muy bien, era un artista. Su especialidad era la platería. Hacía cincelados a mano, pero empezó barriendo el taller, como se hacía entonces», relata.
Verónica también cuenta que no siempre estuvieron en la calle del Príncipe. «Abrió en la calle Elduayen y se instaló aquí en 1928». Desde entonces ha cambiado mucho, sobre todo en cuanto al movimiento que se vivía en la tienda, ya que durante los años 30 y 40 llegaron a tener más de una quincena de personas trabajando, entre ellas, su bisabuela, Flora Fernández, que se ocupaba de atender al público. Flora y Ramón tuvieron tres hijos: Raniero, Moncho y Flora. Moncho era el más artista, el que tenía más puntos para continuar la saga, pero la guerra se cruzó en el camino y murió fusilado a los 21 años, así que fueron los otros dos los que siguieron con el legado. «Flora se casó con Teodoro y su hija, Mercedes, mi madre, se casó con Óscar, mi padre». Al final fue él el que se puso al frente del negocio». El local ha sufrido reformas lógicas por el paso del tiempo, pero conserva las mismas vitrinas y las mismas lámparas que hace más de un siglo. Y que duren.
Desde 1910.
Calle del Príncipe, 29.
Durante el reinado de Alfonso XII fue nombrado proveedor de la Real Casa en 1922. Es el negocio más antiguo de Príncipe.