Vaya cachondeo!», concluye uno de los hombres que hacen tertulia en el banco del parque: «El Concello ha pagado casi ocho millones de euros por tres maquetas». Luego blande el periódico y desglosa las cifras: «La de Nouvel costó cuatro millones. La de Maine, otros 3,5. Y la de Moneo: 150.000 euros». Uno de sus contertulios hace la conversión: «Eso son más de 13.000 millones de pesetas».
-¡Por tres proyectos? -pregunta un tercero.
-Llámale como quieras: ¡Por tres maquetas! -exclama el primero.
La tarde cae sobre la gran plaza de la Vía Norte. La charla de los jubilados se confunde con el griterío de los niños que juegan en el parque infantil. Al fondo, la noria gigante se recorta sobre el puerto, al lado del edificio futurista del Delfinario.
Una chica pasa ante los ancianos con un perro de plástico. El chucho olisquea un árbol y deposita una cagarruta de cartón piedra. La mujer recoge los excrementos con la bolsa que extrae de un «sanecán», rotulado con el letrero de «Alcaldía».
-¡Para esto hay dinero! -se queja el jubilado que habló en primer lugar- ¡Para maquetas y pipicanes! -Sus contertulios asienten pero deciden callar.
Sopla un aire agradable en la gran plaza. La gente entra y sale del centro comercial, o se dirige apresurada a la estación del AVE, situada tres pisos más abajo. El sol va cayendo y, a lo lejos, se ilumina el monolito de Nouvel, emblema de Vigo y de toda su ría.
Un chaval pasa en una bicicleta de corcho y, de pronto, está a punto de caerse sobre la acera de aluminio. El suelo se está moviendo. Es un terremoto. En el Gran Parque Pirata Infantil, gritan asustados los niños de plástico.
De pronto, todo se detiene. La escena se congela, como en una fotografía. Ya no gira la noria gigante del Plan Nouvel. Los ancianos, los niños, el ciclista, los pasajeros, el perro? Todos quedan petrificados.
El terremoto se acerca y en el horizonte se recorta la figura del gigante. Parece «El Coloso», de Goya. Los muñequitos lo observan inmóviles, congelados.
El Coloso repasa cada una de las maquetas: El Plan Nouvel para el puerto, con su noria, el Delfinario, el Monolito Atlántico. Sus dedos acarician luego el nuevo Ayuntamiento, con su centro comercial. Ante la plaza de la estación, la más grande del mundo, se emociona. «Te tomé de barro, te dejé de mármol», musita emulando a Octavio Augusto ante Roma. De pronto, aparece otro gigante, una mujer, y le habla: «Abel, nada se hará; no deberías torturarte». Ambos vuelven luego sobre sus pasos. Salen del almacén y cierran la puerta. Pasados unos segundos, la noria comienza a girar.
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