Para cualquiera que se haya dedicado al periodismo en España durante el último medio siglo, su nombre es una referencia constante. Cuando despertamos al mundo de la comunicación, Fraga ya estaba allí.
Para quienes estudiábamos en los primeros años 70 en la entonces recién estrenada Facultad de Periodismo, era el impulsor de la Ley de Prensa que acabó con la censura previa pero dejó un artículo 2 por el que se colaron multas y secuestros frecuentes de publicaciones en los últimos años del franquismo.
Después pudimos contar cómo hizo posible que personajes de la dictadura aceptasen participar en un sistema democrático que dejó a casi todos en la cuneta cuando se enfrentaron a las urnas. E identificarlo como el responsable de la seguridad cuando se produjeron los sucesos de Vitoria o Montejurra.
Fue el de las largas negociaciones para abrir paso a las autonomías en la Constitución y años después el promotor de una Administración única encaminada a evitar duplicidades hoy en revisión urgente por la más dura de las vías.
Fue el de las respuestas cortantes en las ruedas de prensa; el que hacía correr a las autoridades locales para seguirle el paso en agotadoras jornadas de actos oficiales con programas pautados al minuto y que cumplía con puntualidad. Y el que se pateaba en verano cientos de pueblos ante la indiferencia de sus rivales antes de que se alzase con cuatro mayorías absolutas consecutivas en Galicia.
Sus ritmos generaron tensión y estrés, pero se ganó un merecido respeto por su entrega.
Fue una presencia tan constante que será difícil acostumbrarse a su ausencia.