Esta semana, al coger un vitrasa, sentí como si viajase en el bus turístico. Comenzó mi periplo en la calle Jenaro de la Fuente, insigne arquitecto autor del edificio Aurora Polar, del instituto Santa Irene y de las escuelas de Empresariales y Peritos. Tras girar en la rotonda de Travesía, popularmente conocida como El Monte de los Olivos, recorrimos el breve trecho hasta Os Choróns, histórico cruce en el que, durante la Guerra Civil, los vecinos de Lavadores levantaron barricadas. Rápido nos adentramos en la populosa Urzaiz donde, a la derecha, vimos las ruinas de la vieja estación de tren. A la izquierda, solemne, ascendente, la Gran Vía, con la estatua de los Rederos, de Ramón Conde. La soberbia arquitectura en piedra nos saludó a ambos lados de la calle cuando, apenas vislumbrando la farola de Príncipe y el Marco, caímos en agitado carrusel por la calle Colón abajo, saludados en frente por la ría y por el sólido edificio del Banco Pastor, obra de Gómez Román.
En cuanto giramos a la izquierda, se abrió monumental la avenida de Policarpo Sanz, Milla de Oro de la ciudad, con sus fachadas modernistas en ambas orillas y la magnífica estructura del teatro García Barbón, obra de Palacios.
Esquivando coches en doble fila o aparcados en las paradas, cada cien metros hacíamos parada, para que subiesen y bajasen los muchos admiradores de Vigo que se habían subido al Vitrasa a contemplar tanta maravilla.
Llegados a la Porta do Sol, el maestro Pacevicz nos saludó desde los balcones del Gran Hotel. Enfrente, altanero, indiferente: el Sireno (obra de Leiro). Tras doblar la curva de Elduayen, el bus alcanzó el Paseo de Alfonso, donde la centenaria imagen del olivo se recortaba en el brillante lienzo de la ría, bajo el telón de las Cíes.
Enfilando hacia la calle Cachamuíña, héroe local, pasamos junto a la popular fuente de A Falperra. Volvimos atrás y un largo rodeo nos permitió ver la torre del ayuntamiento, de dudoso gusto, para continuar por la calle Blein Budiño hasta Venezuela y la nueva plaza del Bicentenario, observando a la izquierda el monte de O Castro y, a la derecha, la Panificadora y el mar. Continuamos luego por la avenida de las Camelias, dejando atrás el cruce de Romil, el colegio Labor y el hospital Nicolás Peña, para girar en la rotonda de la plaza de la Independencia, donde se levanta el monumento a los héroes de la Reconquista.
Ya en la plaza de América, admiramos la imponente estampa de la Porta do Atlántico, granítica y colosal obra de Silverio Rivas. Y, tras cotejar nuestro reloj con el del instituto Santa Irene, otro pasajero del 11 me dijo: «¿A usted le parece normal dar toda esta vuelta y tardar una hora del Calvario hasta Florida?» Mirándole apiadado solo pude contestar: «Soy de Vigo, señor mío: a mí ya todo me parece normal».
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