Un día habrá que hacerle una estatua a Guillermo Touza, un valiente que lleva más de 40 años tirando de un proyecto que ya es una marca de la ciudad. El Club Vigo de Voleibol, que preside, es actualmente el decano entre todos los clubes de División de Honor, lo que habla del mérito de una gestión que ha sido de trinchera, zapa y brega.
Que el Vigo de Voleibol sea hoy el equipo más antiguo de España en la máxima categoría es algo que entra en el terreno de los milagros. En el camino, se quedaron conjuntos de amplio respaldo, sostenidos por gigantes como el Real Madrid, el Atlético de Madrid o el Sevilla, con los que debutó la primera vez que jugaron en primera. Ellos, los grandes, hoy no existen. Y el Vigo, gracias al tesón de Touza, sigue adelante.
Este año, le faltan 60.000 euros para completar su presupuesto. Lo cual suena a historia antigua, porque apenas se recuerda algún año en que al club empezase la competición sin que les faltase dinero. Lo han puesto históricamente los propios directivos, avalando créditos, empeñándose personalmente en el proyecto.
El Vigo, que tuvo el patrocinio de Larsa, Miau, Foque, Alonso Riego o Valery Karpin, ha tenido que labrarse su día a día pidiendo por las puertas, lo cual engrandece la figura de Touza, su presidente. Cualquier otro, en su situación, hace tiempo que habría mandado todo el proyecto al carajo.
Pero el resultado de cuarenta años son varias generaciones de chavales de Vigo que descubrieron en el voleibol un deporte y una ilusión. Algunos incluso llegaron a lo más alto, como los hermanos De la Fuente. Otros simplemente se divirtieron, sacrificando sus fines de semana universitarios para moverse por toda España o dejarse los codos en el cemento del pabellón del Carmen.
Este domingo, a las 12.30, el decano del voleibol español se estrenará en Coia ante el Unicaja Almería. Lo hará con diez jugadores, el mínimo de inscritos exigido por la federación. Es la consecuencia de la crisis, que incluso les impide unos entrenamientos normales, al no poder siquiera alinear a seis contra seis en los partidillos.
Mucho dudamos que el pabellón acoja tantos espectadores como los 1.200 que llenaron la cancha de Teruel en el partido que, la pasada semana, disputó el Vigo en su debut en la Superliga. Pero no faltarán los incondicionales.
Guillermo Touza debería tener estatua, más grande que aquella que un día quiso erigirse en nombre de Mostovoi. Habría que hacérsela también a Javier Rodríguez, el presidente del Octavio, otro tradicional sufridor que ha levantado una leyenda a base de un titánico esfuerzo. Y, con ellos, a todos esos directivos de los clubes más modestos y brillantes de Vigo, castigados ahora más que nadie por la crisis. Todos merecen nuestra admiración.
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