El BNG tuvo ayer en Vigo un arrebato de lucidez. No quiere ser un simple azucarillo que se diluya a gusto del PSOE. De ahí que Caballero haya probado el sabor de la amargura. El suyo, por más que utilice los medios a su alcance para dar otra impresión, es un gobierno minoritario e inestable. De 11 concejales frente a 16 de la oposición. Y cuanto más soberbio se muestra con los otros grupos, más evidente se hace. De momento ha tenido que tragarse un bus eléctrico, unas cuantas humanizaciones de calles, los vetos para intervenir en el pleno, subidas de impuestos y el logotipo de Alcaldía.
La imagen de un alcalde incapaz de sacar adelante sus proyectos es lo último que necesita la ciudad. Vigo atraviesa momentos especialmente delicados: el sector naval no tiene un triste barco que construir, el tráfico de Peinador sigue cayendo en picado, el puerto acaba de perder su condición de base de cruceros, Citroën ha decidido construir 20.000 coches menos el próximo año, el ministro amigo agota su mandato sin garantizar un AVE directo a Madrid... Y todo ello con casi 30.000 ciudadanos en paro. Tampoco ayuda, claro, el constante enfrentamiento con otras Administraciones para enarbolar la bandera del localismo. Ya lo dijo San Agustín: «La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano». Y eso que el santo nunca vio tanto letrero de Alcaldía junto.