Constituye uno de los milagros del Cristo de la Victoria que cada año se eleve la cifra que la Policía Local ofrece sobre el número de participantes en su procesión. Esta estimación, que deberíamos calificar de mística, supone que los fieles que siguen a la imagen sean multiplicados, como los panes y los peces, hasta alcanzar dimensiones bíblicas, aunque trasciendan uno de los más elementales principios de la física: Donde no se cabe, no se cabe.
El prodigio del Cristo de la Victoria llevó este año a elevar la cifra de participantes hasta más allá de las doscientas mil personas. Cualquiera que mida las dimensiones de las calles afectadas por la procesión concluirá que es imposible meter a semejante masa humana en tan reducido espacio, ni siquiera en la proporción de cuatro almas por metro cuadrado, que es la versión más apretada.
Doscientas mil personas es llenar seis veces el estadio de Balaídos. Y cualquiera que haya asistido a alguno de aquellos multitudinarios partidos de la Champions sabe que solo 32.000 asistentes es ya una masa humana desproporcionada, que puede colapsar todo el entorno de Balaídos, Fragoso, Florida, Portanet y Castrelos, hasta la plaza de América. Resulta difícil sextuplicar esta cifra y que pueda entenderse en el centro de Vigo.
Sin embargo, en cuanto pertenece al reino de los milagros, no hemos de cuestionar la cifra que Cofradía y Policía Local nos ofrecen anualmente. Cuando, hace una década, se hablaba de más de cien mil personas, el número ya era desproporcionado. Pero, en la carrera por batir más y más marcas, en un remedo de los Juegos Olímpicos, la actual de doscientos mil no es más que un peldaño más hacia unos registros míticos, que ni siquiera somos capaces de imaginar. Es fácil, que en diez años, estemos hablando de medio millón de participantes, de cinco millones? de un trillón, qué sé yo, cuando estamos hablando de números cabalísticos y sagrados, que se elevan sobre lo científico hacia la Trascendencia.
No es extraño, sin embargo, que contar personas de forma incorrecta sea una tradición viguesa, vinculada a lo místico. Porque estamos muy mal acostumbrados por la manía del Instituto Nacional de Estadística de insistir en que Vigo no alcanza nunca los trescientos mil habitantes. Hace un par de años, un estudio sobre consumo eléctrico en los hogares ya reveló que, como mínimo, superamos las 400.000 almas en la ciudad, aunque algunas de ellas estén empadronadas en Ourense, en Gondomar o en Pernambuco. Mientras de su salvación se ocupa el Santísimo Cristo de la Victoria, sería deseable que el INE y la Policía Local, en cuanto instituciones laicas, no se dejen arrastrar por lo místico. Que aprendan a contar mejor, tanto hacia arriba como hacia abajo. Somos los que somos en el censo, en Balaídos y en la procesión.
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