Si algo define de verdad a los vigueses es nuestra singular habilidad para echar el polvo. Es cierto que aquí le llamamos «tenis» a las zapatillas deportivas, que tomamos el vermú con «patatillas» y que sólo nosotros sabemos qué diablos es un «jicho». También llamamos «vitrasa» a todos los autobuses y estamos convencidos de que un «chollo» es un trabajo. Pero lo que siempre olvidamos es que nuestra mayor peculiaridad es la naturalidad con la que en Vigo hacemos algo que, dicho así, en otras latitudes entra en la esfera de lo privado.
«¡Mari, me voy a echar el polvo!», anuncia el marido a su señora. «¡Vale! Pero abrígate, que hace mucho frío», responde ella sin un atisbo de reproche. A los oídos de un tipo de Madrid, de Murcia o de Sevilla, esta conversación sería el colmo de la liberalidad. Si ellos les dijesen lo mismo a sus esposas, los mandarían a dormir con Bienvenido, que no es un vecino de escalera, sino quedarse de puerta afuera, sobre el felpudo.
Pero en Vigo somos diferentes. Aquí echamos el polvo con entera naturalidad e incluso lo comentamos con displicencia Por supuesto, lo hacemos todos los días, normalmente de noche. Y, si no existiese una normativa municipal al respecto, lo echaríamos a todas horas. Al punto de que el Ayuntamiento ha tenido que prohibir echar el polvo antes de las nueve de la noche.
Estas costumbres asombran a quienes nos visitan. Si acoges en casa a un pariente que viene de fuera, se quedará atónito si la madre, irrumpiendo en el salón, reprende a sus hijos: «¡A ver si bajáis de una vez a echar el polvo!». Por mucho menos que tan inocente comentario, ha llegado a intervenir el Defensor del Menor.
Y es que no pocos vigueses han tenido problemas con la Justicia por el mero hecho de echar el polvo. El caso más común es el del compatriota que, desplazado a otra ciudad, decide bajar a la calle en chándal o ataviado con una gabardina y, aproximándose al primer viandante que se cruza, pregunta sin malicia alguna: «Disculpe, ¿aquí dónde se puede echar el polvo?». En algunos países, por una frase como ésta puedes pudrirte en la cárcel.
Así que conviene que moderemos nuestro peculiar dialecto. Antes de emprender un viaje, repitamos ante el espejo: «Patatas fritas», «zapatillas deportivas», «tipo», «autobús urbano» y «trabajar». E intentemos olvidar «patatillas», «tenis», «jicho», «vitrasa» y «chollar».
Pero, sobre todo, no olvidemos lo más importante: En el resto del planeta Tierra nadie va anunciando por ahí que se va «a echar el polvo2. Recordemos siempre que, a tal acción, en todo el Universo conocido, se la denomina simplemente «bajar la basura».