En un coffee shop de Ámsterdam, hace un año, unos amigos y yo adquirimos una turística bolsita de una variedad de marihuana con nombre de ametralladora: AK-47 Automat Kalashnikova. Tras pedir unos refrescos, procedimos a liarnos un porro de dimensiones gigantescas, cuya factura final derivó en una especie de churro retorcido cuyo destartalado aspecto distaba mucho del que conseguían los clientes de apariencia rastafari que compartían con nosotros el local. Aun así, nos lo fumamos.
ELlegados a este punto, y antes de que nos rasguemos las pacatas vestiduras, daré algunos datos sobre mis amigos: cada uno de ellos vota a un partido diferente, dos están afiliados, uno es directivo de una gran empresa, otro está en el paro, uno está casado, otro divorciado y otro convive con su novia; dos son católicos, uno practicante; los cuatro estudiamos en colegios religiosos, tres fuera y dos tienen un máster muy rimbombante. Para resumir: un porro, en Ámsterdam o aquí, se lo ha fumado cualquiera.
Rematada la primera experiencia, y animados a continuar con la tradición turística, adquirimos una nueva bolsita, en esta ocasión de un hachís con denominación de origen de Afganistán, cuya apariencia era negra y gomosa. Pero, nada más empezar a liar la exótica sustancia, apareció un armario ropero con apariencia humana y nos puso en la calle. Confundidos, preguntamos al matón qué de malo habíamos hecho, teniendo en cuenta que la otra clientela del local, como mínimo, parecían internos de A Lama con permiso de fin de semana. «Tobacco!», sentenció el tipo.
Como fuera del bar el hombre era más simpático que dentro, terminó por explicarnos que habíamos violado la legislación holandesa. Porque en un bar de Ámsterdam se puede fumar un cigarrillo de marihuana, pero está totalmente prohibido fumar tabaco, incluido el que se añade al hachís para facilitar su combustión. Así que, si vas a Holanda, es lícito que te fumes unos porros como trompetas de Miles Davis. Pero si consumes tabaco podrías acabar en la cárcel.
La experiencia me sorprendió. Así que la actual ley española contra el tabaco no me asombra en absoluto. Por mucho que algunos salgan por Vigo a manifestarse, vestidos de cigarrillos, temo que muy poco puede hacerse contra el signo de los tiempos. En países próximos, la norma es aun más ridícula. Y todos la respetan. También en lugares con fama de rebeldes como Irlanda o Italia. Así que me temo que los manifestantes de la avenida de la Florida no tienen más futuro que lucirse en el próximo Entroido. Porque esto, también a mi pesar, no va a cambiar.
Por cierto, aquella tarde en Ámsterdam no tuvo mucha más gloria. Contrariados, nos fuimos al parque Keukenhof a visitar el Museo Van Gogh. Al ver Los Lirios nos entró la risa. Y con Los Girasoles acabamos por los suelos. Así que también aquí nos pusieron en la calle. Supongo que pronto prohibirán reírse en los museos.