Un centenar de familias de Vigo esperan con angustia la inminente decisión sobre el derribo de sus viviendas, construidas en una zona reservada para apartoteles
18 dic 2010 . Actualizado a las 02:00 h.«No somos ladrones ni delincuentes, ni tampoco gente rica. Al contrario, simples currantes que compramos un piso mediante hipoteca y ahora nos lo quieren tirar». María Luisa Silva, 47 años, viguesa con muchos años de residencia en Canarias, defiende a sus convecinos y a ella misma demandando la legalización de sus viviendas gravemente amenazadas por la piqueta. Desde que hace unas semanas, cuando la situación se puso al rojo, confiesa que no vive. «No duermo y tomo tranquilizantes. Me está afectando mucho», dice al borde del llanto.
Su caso es uno más del centenar de afectados por la compra de otras tantas viviendas construidas frente a la playa de Samil de manera fraudulenta, ya que el promotor se valió de una licencia para levantar apartoteles. El resultado son cinco bloques con 180 apartamentos, de los que fueron 103 vendidos y 77 siguen en manos del constructor.
Los propietarios no tienen desde hace semanas otro tema de conversación, pero según pasan los días el ánimo decae, especialmente cuando hace unos días empezaron a recibir las órdenes de desalojo enviadas por el Concello para proceder al derribo. A Cándido Figueroa Piñeiro, de 45 años, le llegó mientras conversaba con dos periodistas de La Voz.
«Esto es muy duro, y eso que yo lo llevo mejor que mi mujer, que está hecha polvo. No hay quien soporte esta incertidumbre y no podemos ir a otro sitio. Tenemos aquí metidos nuestros ahorros y pendiente una hipoteca». Cándido es padre de dos niñas de 12 y 17 años, lo que añade un plus de agobio «ya que delante de ellas procuramos no hablar del tema para que no sepan la gravedad del asunto».
Aunque cada afectado refiere una situación extrema, lo que cuenta Delfín Casas Vidal, de 75 años, es especialmente dramático. Originario de la parroquia de Trelle, en el municipio ourensano de Toén, nunca fue al colegio y hace cuarenta años emigró por accidente a Australia, donde residió tres décadas. «No sabía adonde iba y en realidad confundí este país con Austria, del que sí había oído hablar. La consecuencia fue un viaje de tres meses en barco, aunque después estuvimos a gusto allí».
Operado hace varios años de cáncer de laringe, Delfín habla con mucha dificultad y la conversación no resulta sencilla. El riesgo del derribo de su piso ha postrado en la cama a su mujer, que precisa medicación, afirma. De sus dos hijos, uno vive en Alemania y su hija, de 39 años, padece síndrome de Down. «Si tiran las casas mis hijos quedarán sin techo y posiblemente yo no supere esta desgracia, por lo que también perderán a su padre», musita con gesto de profunda tristeza.