El diseñador gráfico y cantante del grupo Niño y Pistola contrasta filias con su padre en el Museo de Arte Contemporáneo de Vigo, obra realizada por el estudio del arquitecto
13 dic 2010 . Actualizado a las 11:58 h.Manolo Portolés forma parte de un trío de arquitectos, el formado por él y sus dos socios, Salvador Fraga y Javier García Quijada. Su hijo, Manolito, integra un cuarteto de culto en el circuito del indie pop: Niño y Pistola, renacidos este año bajo un experimento llamado Arthur & The Writers, «fue una evolución de lo que teníamos antes y lo natural sería seguir por ese camino, pero aún no lo tenemos muy claro», cuenta.
Como si el nombre influyera en sus respectivas profesiones, Manolo construye obras sólidas y Manolito, pequeñas piezas aparentemente efímeras, pero nunca se sabe si es más duradero un edificio o una canción, porque ambas creaciones pueden llegar a ser universales. En todo caso, en el camino emprendido por el «retoño» algo tuvo que ver el progenitor. «En casa siempre hubo buenos discos y los sigue habiendo. Eso influye. Cuando eres pequeño piensas que todos los padres tienen discos, pero luego te das cuenta de que sí, pero, no, que otros padres tenían discos de Julio Iglesias y en la mía sonaban Los Beatles, The Cure o los Rolling Stones...», medita el músico. Pero Manolo no se arroga la inclinación instrumental del muchacho: «Yo tenía una guitarra, pero tocábamos entre amigos canciones argentinas, como S amba de mi esperanza y dos más. Nada reseñable», reconoce.
A Manolito también le llamó la atención la arquitectura como dedicación profesional. «Me lo llegué a plantear, pero mi padre me dijo que no lo estudiara», asegura. El padre matiza: «Yo soy muy feliz con mi trabajo. Disfruto mucho haciendo lo que hago, pero me llevo unos disgustos de órdago. Es una vida de mucho compromiso y dedicación, con responsabilidades duras. Y uno no quiere que su hijo no lo pase mal. Yo no le dije que no lo hiciera, pero tampoco lo animé. Tal como están los tiempos, lo mejor que puede hacer es lo que hace, diseño gráfico y música, que lo hace muy bien, y cine y fotografía, que tampoco se le da nada mal. Es un hombre del Renacimiento», resume. No le falta razón. La de guitarrista y cantante es la faceta más conocida del pequeño de los Portolés, pero lo vive como un juego, como los vídeos que ha hecho para su grupo, con los que ha ganado varios premios. «Yo no pago el alquiler con la música, y tampoco con los vídeos. Tengo un estudio de diseño gráfico e imagen con Andrés Fraga, que casualmente es sobrino de Salvador, uno de los socios de mi padre». Y un caminante largo recorrido, ya que su compañero acaba de regresar junto a Juan Rivas «Coru» de una aventura que les llevó andando desde Cabo Norte, en Noruega, hasta la Catedral de Santiago.
Manolo Portolés también tuvo su momento explorador en su juventud: «Fui el primero que hizo windsurf en España», asegura. «Fue en el pantano de Entrepeñas, creo que en 1974. Un tío de un compañero mío compró las tablas en Holanda y las probamos. Hicimos una gira por el Mediterráneo enseñándole a la gente lo que era. No había ni una», atestigua.
Pero hay otras cosas de las que se siente satisfecho el arquitecto al mirar hacia atrás. No le faltan tablas, aunque ahora navegue más en zona de obras que sobre olas. Además de su trabajo más conocido, la conversión de la antigua cárcel de Vigo en museo, se siente especialmente orgulloso de iniciar la peatonalización de la ciudad con la primera pica en la Plaza de la Independencia y de haber establecido las bases del planeamiento de Abrir Vigo al Mar. Su estudio acaba de terminar 384 viviendas de promoción pública en Navia, «con un nivel tecnológico muy avanzado que nos ha llevado mucho tiempo y esfuerzo» y concentran ahora buena parte de su esfuerzo en la nueva comisaría de policía de Vigo.