El pintor vigués y editor de los cuadernos Microfisuras se considera un tipo impreciso y desenfocado, uno de esos casos en los que la pintura lo eligió a él
15 nov 2010 . Actualizado a las 12:33 h.Elegir un rincón de la ciudad no es fácil para una persona que, como Amando, ha repartido su existencia a partes iguales entre O Berbés, O Calvario y la Alameda. Con este trípode sobre el que asienta su vida no hay forma de decantarse con rotundidad y, a la fuerza, ha de considerarse un tipo impreciso y desenfocado, como él mismo se define.
«Sentado en ese banco, frente a my home, esperando a Godot, suelo coincidir con el poeta Carlos Oroza; mirando mi casa; sé que detrás está el mar», responde a la hora de justificar su rincón.
Cuando se trata de otra respuesta, la de su nombre completo, añade: «Amando. El que mucho mira a la raíces, no deja de ser una manera subterránea de andarse por las ramas. Amando, y en este banco esperando los gerundios que me habitan».
Cada frase del artista vigués no tiene desperdicio, como tampoco lo tiene su forma de hacer ciudad y su tradición, más oral que escrita. Es curioso que con esa tradición oral se haya decantado por la pintura, por el mundo de las imágenes. «Me dio por ahí, porque Vigo es esquizoide y como dice mi amigo y poeta Manuel Romón: esta ciudad bien merece un bombardeo».
Viene de un mundo ágrafo, donde la palabra tiene gran importancia y le hace imaginar. De esa imaginación surge por fuerza la necesidad de pintar.
Pasado
Vigo es para Amando una ciudad invadida por el rural. «Somos apéndices de ciudadanos, de ahí que nos gastemos una parte del presupuesto en aceras; siempre queremos borrar nuestro pasado». Pese a definirse como urbano, el campo aparece en su obra, algo que explica, quizá, «como una manera de llamar la atención sobre lo que nos define, que no es de dónde vengo y a dónde voy, sino, dónde estoy».
«Si nuestros referentes culturales son el teatro del mundo, todo lo que vemos lo interpretamos. Si nos define el contexto, nos invade y nos ensombrece», reflexiona el pintor.
Cree que hoy, con las nuevas tecnologías, es muy difícil llegar a eso, al existir un yo cada vez más digitalizado, donde las cosas están al lado de, pero nunca dentro de. Lo que hacen las nuevas tecnologías es, en su opinión, reforzar un yo insaciable. «Ahora ya no somos analógicos, somos digitales hasta en los afectos, no nos confundimos (en el sentido de fundirse), no nos abrazamos, la tecnología digital nos ha inhabilitado para la fusión, para fundirnos unos en otros». Inundados por la tecnología recuerda lo bonito y enriquecedor que resulta escuchar de los labios casi octogenarios de Carlos Oroza «en el norte hay un mar que es más alto que el cielo».