La línea del desierto

VIGO

Hace poco más de un año, viajé a los campamentos de refugiados de Tinduf, en Argelia, para perseguir un Vitrasa. No fue, como me ocurrió tantas veces de crío, que el conductor del 4 no me viese en la parada. Y que pasase de largo. Sucedió que supe que la empresa que nos lleva donó un vehículo a los desvalidos saharauis, que hoy mismo está circulando entre los campos de Dajla y Smara, transportando niños al colegio. Se trata de un vetusto Renault, que los entusiastas del Frente Polisario reparan cada semana, con piezas inventadas, para que siga prestando servicio en el medio de un desierto que es lo más parecido a la nada.

Volamos a Argelia la productora Tania Rodríguez, el realizador Luis Montenegro y el cámara Jaime Pérez. Iba también en el equipo un gaiteiro ponteareano, Roberto Porto, maestro del grupo Ardentía, que llevó su música a los chavales de Tinduf. El objeto del viaje era filmar el documental A liña do deserto , que se encuentra en ese extraño limbo de la fase de montaje, cuando no hay ni fecha ni financiación clara. No recibió ayudas de la Xunta al sector audiovisual, al no salir en el metraje ni hórreos ni palleiros. Es sabido que la Galicia urbana no existe para la política cultural gallega, ni nada que resulte internacional, a menos que suene Parsifal , ópera muy del gusto de nuestro recién barbado conselleiro.

Pero volvamos al tema: Los miembros del equipo convivimos con los saharauis. Dormimos en sus tiendas y compartieron con nosotros su comida. Degustamos la deliciosa -y correosa- carne de camello y sacrificaron para nosotros un cordero escuálido, de los que deambulan por el desierto, alimentados con sobras y cartones. Fueron generosos hasta límites no imaginables. Nos dieron todo lo que tenían. Nos abrieron su corazón y sus casas. Y sé que no soy el único que puede decir esto. Porque hablo de la gran injusticia que se comete con los saharauis, privados de su tierra por la ocupación marroquí. Y, aunque no lo parezca, hablo de Vigo. Porque hay aquí, en nuestra ciudad, cientos de familias que, durante años, han ido acogiendo a niños saharauis, para que vivan al menos unos veranos con nuestra prosperidad, para que conozcan el mar que les fue robado y sobrevivan a los veranos terribles de la hamada argelina. Todos ellos saben bien de qué hablo.

Las noticias que estos días recibimos sobre el asalto al campamento de El Aaiún nos tienen consternados a muchos vigueses. Es tal la injusticia cometida, y tal la generosidad del pueblo saharaui, que resulta repugnante que el Gobierno envíe a la ministra de Exteriores de paseo por Sudamérica y no se atreva ni a musitar un pero.

Alguien dijo que, desde lo local, puede llegarse a lo universal. Y es cierto. Así ocurre en este caso. Miles de gallegos, acogedores de niños saharauis, saben hoy la magnitud de la injusticia que se está cometiendo. En la calle Martínez Garrido (otra víctima de la injusticia), está la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui. Allí trabajan Maite y Ahmedu, dos incansables luchadores por una causa. Y, en Tinduf, ahora mismo, un viejo Vitrasa traquetea entre las dunas. Un trocito de Vigo viaja soñando con la justicia.