La cuestión de Vigo


En Vigo, la mayor manifestación de amor por la ciudad es criticarla. Si en el ascensor, en el parque público, en el bar, en el cine o en la misma calle, escucha usted a alguien despotricar contra la urbe olívica, no dude de que está oyendo a un patriota. Cuanto más encendidos sean los juramentos, más altas las voces y se entregue el orador a más grandes aspavientos, más amor estará profesando por Vigo. Así como los derviches entran en trance girando sobre sí mismos, el vigués es capaz de darle vueltas a cualquier tema ciudadano hasta caer en la absoluta extenuación.

Este singular fenómeno no es común a todas las ciudades. En realidad, la mayor parte de ellas viven satisfechas de sí mismas, sin grandes preocupaciones. En Vigo, por el contrario, todo se convierte en tema de Estado, al punto de que cualquier ciudadano no sólo se sabe los nombres de la mayoría de los concejales, sino también los de sus respectivas madres.

Aquí, un tal Bernardo Bernárdez, que fue presidente del Mercantil, escribió una obra en dos tomos titulada Tratado de Viguismo, que aún puede consultarse en la Biblioteca Penzol. Hay, además, un Instituto de Estudios Vigueses, cuyo nombre parece sacado de un cómic de la Marvel o de una película de James Bond. Y una de las principales avenidas se llama Travesía de Vigo, como si no estuviese aquí. A nadie parece importarle, ni siquiera al ayuntamiento, que las calles que la cruzan se llamen Primera Travesía de la Travesía de Vigo, Segunda Travesía de la Travesía de Vigo y así hasta el infinito, en una nomenclatura más propia de Sopa de ganso de Groucho Marx.

Vigo tiene una Fundación Pro Vigo, al igual que hubo, también en Vigo, un Hogar de Hijos de Vigo, asociación que maravilló en su día a Francisco Fernández del Riego, cuando llegó desde Lourenzá. «No entendía cómo en una ciudad podía haber una asociación de hijos de esa misma ciudad», dijo en reciente entrevista.

Así que, relatado el cuadro clínico al que nos enfrentamos, no es extraño que necesitemos someternos a terapia. Y, para ello, mañana sábado, en el Centro Social Caixanova, se celebra la primera de las jornadas de Vigo no diván, el foro de reflexión ciudadana que han creado los incansables de la asociación Outro Vigo é Posible.

Acreditados expertos reflexionarán sobre el pasado, presente y futuro de la ciudad, en el año del bicentenario. Y, como me han pedido que sea el relator del evento, me toca sentarme a escuchar y tomar notas, cual loquero de película de Woody Allen. Así que no voy a perderme esta ronda de pensamiento sobre nuestra ciudad. Como ciudadano de bien, espero que se critique mucho, lo cual sería toda una declaración de amor. De lo que salga de tan interesante sesión de psicoanálisis, ya les iré comentando?

eduardorolland@hotmail.com

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