Una tarde (muy loca) en las carreras

Soledad Antón soledad.anton@lavoz.es

VIGO

El pasado sábado fue uno de esos contados días en los que a una le pedía el cuerpo formar parte de esa nómina de mujeres que manejan la Visa Oro con el mismo desparpajo que una servidora el bolígrafo. Y no para saltarme la lista de espera de Hermès y hacerme con un Birkin. Ni mucho menos: para haber podido participar en el Rally das Donas. Diversión garantizada. El único pero es que se necesitaba disponer de una de esas joyas motorizadas clásicas que tanto cuesta mantener.

Son varias las cuestiones que ayudan en lo de la diversión. Para empezar, el obligado atuendo (que también puntúa) a juego con la época del coche. Para seguir el misterio que, hasta el último minuto, envuelve al trazado, lo que implica pérdidas garantizadas. Y para terminar, la cena fin de carrera en la que salen a relucir todas las peripecias del trayecto. Esa (la cena, digo) si que no se la perdió nadie. Ensalada de frutas, arroz con vieiras y rape, y un milhojas casero pusieron el punto semifinal a una tarde-noche de jolgorrio total.

El final llegó con la entrega de trofeos. En el apartado deportivo se cumplieron los pronósticos y el tándem Alicia Lorenzo-Ana Saborido, que conducían un MG B Roadster del 65, se adjudicaron el jarrón en juego. «A las mujeres no os gustan mucho las típicas copas», me explica Estanislao Troncoso, cabeza visible de la organización.

Más crudo lo tuvo el jurado a la hora de decantarse por el mejor atuendo. Las que terminaron llevándose el gato al agua fueron Berta Hernández y Marta González Cominges, ataviadas de pilotos de época. En el apartado modelitos ocuparon también puestos de cabeza Catuxa Castro y Andrea Pujales, que tiraron de fondo de armario de Olivia Newton John, y las hermanas Mecca, Marujas con Porsche, que fueron dos de las que terminaron perdidas en la mitad del recorrido. El año que viene, más, pero no con más desenfado. No es posible. O sí.

También en el Club Náutico hicieron fiesta este fin de semana, en este caso bien sentimental. Y es que, aprovechando el concierto Corales de Verano, la entidad quiso reconocer el trabajo que, durante más de 20 años, realizó al frente de la agrupación coral de la casa el maestro Francisco Rey Rivero.

Con noventa ya cumplidos, lleva más de medio siglo dedicado a la música. Su imagen se asocia, inevitablemente, a la Coral Casablanca, la más antigua de la ciudad en activo, que dirigió casi desde su creación hasta finales de los 80. Luego fundaría la del Náutico.

No es este el primer reconocimiento que recibe este músico con calle propia en la ciudad a la vera del parque de Castrelos desde el 2005. «Cuando sopla en su chifle, mira atentamente a sus coristas y eleva sus manos gesticulares, un país canta», escribió en La Voz en aquella ocasión Francisco Pablos.

Hace algún tiempo que, por razones de salud, su chifle permanece guardado en un cajón, no así su pasión musical, de ahí la emoción que fue incapaz de disimular cuando, de manos de Franco Cobas, recibió una placa conmemorativa y, sobre todo, cuando los coros del Colegio de Abogados, Apóstol Santiago y Klaipeda le dedicaron sus respectivas actuaciones.

Pero sus incondicionales no le olvidan. Me contaba Antonio Mínguez, su fan número uno (el dos como mucho), que las entradas para asistir al homenaje que se le rindió el sábado se habían agotado hace meses. En esta ocasión fue Gregorio López el que puso la voz, la misma que eligió Carlos Saura para su película Tango, a las canciones gardelianas. La música fue cosa de Hernán Hock, Pablo Allende y Óscar Guida. Gardel estuvo una sola vez en Vigo (que se sepa), fue en 1923, cuando la fama ya llamaba a su puerta. Se hospedó en el Continental. Ya hay lista de espera para la próxima edición. Pepe Cadavedo, embajador permanente de la gastronomía asturiana. Aunque no lo reconozca, es un título que recibió con emoción. El encargado de entregárselo fue el director de Turismo del Principado, José Luis Vega. Sabe que le obliga a mucho, pero no le costará ejercer porque lo hace siempre. Sus fabadas (en realidad las de Pilar, su mujer), a las que solo se puede asistir por rigurosa invitación, son famosas. Tiene lista de espera para catarlas. Al margen de sus amigos de siempre (y una enchufada) las han catado todos los alcaldes vigueses de la democracia, «salvo Pérez Mariño. No me dio tiempo», reconoce.

En el mismo acto su compatriota Mejuto González fue nombrado embajador de la asturianía. Patria querida.