Soy uno de los miles de vigueses que sienten gran simpatía por Valery Karpin. Y no sólo porque no pueda borrar de mi memoria las heroicas y elegantes galopadas del 8 en Balaídos. También porque, como persona y conciudadano, me parece todo un valor.
Esta semana, rodando un documental, hablé con vecinos del barrio del Cura, que me contaron cómo Karpin acudía, personalmente, a hablar con ellos para explicarles su proyecto para urbanizar la zona.
Karpin, ya se le ve, el mismo tipo que concede una entrevista vestido con un batín de leopardo, es un vigués del Báltico al que le gusta bajar a la arena y decir las cosas claras. No es extraño que caiga bien en Vigo, que lo adoren en San Sebastián y que el Spartak de Moscú lo nombrase entrenador y director general. Es innegable que este hombre gusta allá por donde va.
Esta semana, en Vigo, Caixanova ha ejecutado el embargo sobre el antiguo colegio de Cluny. Es el final de un desastre que comenzó hace 12 años, cuando el entonces alcalde Manuel Pérez firmó un convenio con Inversiones Canayma por que el que la congregación religiosa recibía un flamante nuevo centro educativo a cambio de convertir el solar de Gran Vía en una parcela residencial.
El caso fue uno más de los muchos desastres que legó a Vigo Manuel Pérez, por abrumadora mayoría, el peor alcalde de la democracia. El convenio quedó en nada y, en 2006, la promotora de Karpin compró Construcciones Canayma, confiando en que el nuevo Plan Xeral permitiese desbloquear la urbanización.
Pero no fue así. El Concello mantuvo la parcela de Cluny para uso dotacional público, sin pensar en la descomunal inversión realizada para su compra. El culebrón concluyó esta semana, con la subasta de los terrenos, que quedó desierta, como no podía ser de otra forma. Caixanova se quedará ahora con un solar que no tiene ningún futuro. Todo apunta a que, como ocurre con la Panificadora, se dejará abandonado el edificio como una ruina urbana, sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza.
El listado de edificios ruinosos en nuestra ciudad constituye ya un grueso catálogo, que recogería las antiguas bodegas Bandeira, la Metalúrgica, las conserveras de Jacinto Benavente, el restaurante El Castillo o la iglesia del asilo de los Ancianos Desamparados. Falta que alguien idee una ruta turística para tanta herrumbre, a la que se suma, en una arteria principal, el fantasma de Cluny.
Sé, sin embargo, a través de un arquitecto, que Karpin intentó hasta el último día desbloquear la situación de la parcela. Y que entregó un proyecto al Concello, ofreciéndole gratuitamente 10.000 metros cuadrados de uso público, donde podría instalarse la Biblioteca del Estado. Además, se eliminaba el uso residencial de la parcela, dedicada a centro comercial, spa y residencia de mayores. Sería bueno que algún día alguien hiciese público ese proyecto y explicase las razones por las que se descartó.
Se apostó, en cambio, por la ruina. Cluny, si nadie lo remedia, seguirá ahí, como un monumento al desastre urbanístico de Vigo. El edificio se dejará pudrir, hasta que sean escombros. Y lo siento por Karpin, porque parece un tipo que no busca sólo ganar dinero. Parece que piensa en ciudad. Y es así tratamos a esta gente.