A Ferrería siempre ha sido la gran pinacoteca de Vigo. Los cuadros que podían observarse en este barrio no tenían comparación con ningún otro. Aquellos edificios en ruinas, aquellas puertas con señora, aquellas naturalezas muertas con gato, componían una colección de estampas que no habría soñado ni Toulousse Lautrec bajo los efectos de la absenta. "¿Y pinacoteca de qué viene, de pinar?", preguntaba esta semana un señor en un bar. Y, no. Viene de un sitio donde se cuelgan cuadros. Aunque alguien piense que la palabra sea una forma elegante de llamar a un prostíbulo. En tal caso, también A Ferrería sería la gran "pinacoteca" viguesa. Aquí estaba el bar "Abanico", regido por la señora Esperanza, auténtico club social de los años 50 en Vigo. Era, al parecer, uno de esos sitios que sólo pueden entenderse leyendo a Cela y a Francisco Umbral. El garito tuvo su gloria y aún lo mentamos los vigueses a menudo, porque el establecimiento era conocido por "La Casa de la Collona", por el sobrenombre de Doña Esperanza. Otros muchos locales pasaron por A Ferrería sin pena ni gloria. La mayoría, sin siquiera rótulo. El pasado verano fui a hacer un reportaje a la zona y le pregunté a una buena mujer cómo se llamaba el bar donde me ofrecía una cerveza. "No tiene nombre; llevo aquí diez años y nunca lo tuvo", me respondió la veterana. Sin embargo, observé que, tras la barra destartalada, al lado de unos calendarios amarillentos donde aún se desnudaba Nadiuska, había unos trofeos. Me asombró que un local así tuviese una clientela que jugase campeonatos de futbito, de baloncesto o de dominó. Pero, claro, cada trofeo tenía el nombre de un bar distinto. "Se los han ido dejando los clientes", me explicó la paisana con desgana. Allí se habían celebrado muchos títulos. Este era el paisaje que uno podía encontrarse en la "pinacoteca" de A Ferrería. El de un barrio destruido. Sin embargo, en unos meses, se ha observado un cambio. Y no pasarán muchos años hasta que, contra todo pronóstico, se convierta en uno de los mejores lugares de Vigo para vivir. Asombra la cantidad de edificios ya rehabilitados. Y las obras continúan. Aun no se ha abierto un solo negocio. Pero aparecerán. Como también, nuevos vecinos. Y, probablemente, Vigo pueda reparar el crimen que cometió dejando morir al Casco Vello. Para animar la resurrección del barrio, es bueno que las administraciones apuesten por él. La futura pinacoteca de A Ferrería, cuyas obras comenzarán en dos meses, llevará al barrio a turistas y a vigueses que hasta ahora nunca pasaban por allí. Lo mismo ocurrirá con el museo de fotografía y con el registro de la propiedad. Los empresarios de la construcción ultiman la apertura de su sede en la calle Real. Y la vida regresa, poco a poco. Tras décadas de tenebrismo y de pinturas negras, llega un poco de color al Casco Vello.