Fueron los primeros en llegar y los últimos en abandonar el estadio. Entraron a las ocho y cuarto al segundo anfiteatro del Calderón, arrinconados en una esquinita de la inmensidad, con el campo aún en penumbra cargados de ilusión. Y se marcharon al día siguiente, pasadas las doce de la noche pero con un subidón de los de antaño. Orgullosos de apostar por la Copa y seguir siendo el celtismo incluso en los peones años.
Son los dos centenares de aficionados del Celta que cargados de ilusión, obviaron que el jueves era un día laborable y el rival uno de los grandes del fútbol español. Dos centenares que viajaron desde Vigo, casi todos de un marcado toque juvenil, pero también muchos gallegos afincados en Madrid que se dejaron notar a lo largo de partido. Como mucho rozarían los 500. Medio millar en medio de los 45.000 aficionados enfervorizados rojiblancos que prácticamente llenaban el Vicente Calderón.
Aprovecharon el estadio vacío y el equipo celeste aún en el campo sin vestirse para dejarse oír. Botelho, de repente además se ha convertido en uno de sus ídolos. Frente a ellos, a una hora del partido los primeros atléticos que llegaron al coliseo lo hicieron crecidos después de su última racha. «Celta, vais a perder, sois muy malos».
No se ganarán la vida como pitonisos. Los malos, si es que vale la expresión fueron los suyos, que dispararon tres disparos a puerta en 90 minutos. Los buenos, vestían de celeste, aparecían como claros perdedores en todas las apuestas y casi todos pensaban que saldrían por la puerta de atrás de la Copa.
Pero no fue así, y el córner celeste se dejó oír y sentir a lo largo de todo el partido en el Calderón. Trashorras se dirigió a ellos nada más marcar, y todos miraron al fondo cuando terminó el partido. La afición celeste regresa a casa convencida de que la gesta es posible. Se fueron a casa entre cánticos, mientras que la afición colchonera maldecía una vez más su estampa. El celtismo espera no despertarse de su sueño.