Vigo Toda Galicia vive pendiente del culebrón dinástico en Ourense. Y Vigo lo sigue especialmente, pues no en vano un veinte por ciento de la población tiene su origen en la provincia interior. El propio presidente Feijoo es un ejemplo de ello. Natural de Os Peares (Seica Os Peares, que suena a dramaturgo inglés), se afincó en la ciudad olívica en cuanto regresó a Galicia de su aventura madrileña. Y, aunque últimamente parece haber olvidado sus orígenes, lo cierto es que es fiel al arquetipo.
Son incontables los grandes vigueses que nacieron ourensanos. Y hubo incluso un tiempo en que el gran baluarte cultural y democrático de la ciudad fue el propio Círculo Ourensán Vigués. En Vigo, hay barrios que se han forjado enteramente con inmigrantes de As Burgas. Ahí está, como ejemplo, la Travesía, un auténtico enclave, al estilo del Condado de Treviño, Gibraltar o Kaliningrado.
Tal fue el peso de Ourense en Vigo que, durante décadas, se alimentó la distinción entre el «vigués de toda la vida» y el oriundo del interior. Se le reprochaba al ourensano que enfilase cada viernes la avenida de Madrid y no regresase hasta el domingo, con la baca cargada de patatas. Se decía, también, que no se empadronaban e impedían así crecer a la ciudad. Hoy, muchos vigueses con abolengo y limpieza de sangre se han ido a residir a Cangas, Gondomar, Nigrán, Redondela o Baiona. Cómodamente instalados, y censados, en su chalé adosado, han olvidado sus críticas de antaño.
Por el contrario, los esforzados de Ourense han hecho el camino inverso. Hoy regresan, cuando pueden, a sus aldeas. Pero sus hijos y nietos se quedan en Vigo. Nada quieren saber de ir a la leira a doblar el espinazo. Los tiempos cambian. Y, hoy, cuando hay miles de vigueses nacidos en Asia, África o América, resultan bastante grotescas aquellas viejas polémicas de antaño.
Vigo tiene, en cualquier caso, un poso de Ourense en sus venas. Y es por ello que seguimos con mayor interés el embrollo del PP en aquella capital. El lío, como sabe el lector, es grande y el resultado, incierto. Pero lo más asombroso de todo es cómo, repentinamente, altos cargos del Partido Popular han descubierto cómo se conducía Baltar Pumar. «¡Este señor practicaba el clientelismo!», exclaman ahora alarmados. De súbito, aprovechando que el personaje se retira, descubren que en Ourense pervivía el caciquismo, que el propio protagonista ha defendido en diversas entrevistas.
También se critica que abogue por su hijo, lo que consideran algo insólito en el mundo. Se ve que no se han enterado de que George W. Bush es hijo de George Bush, y que Hillary Clinton es la esposa de Bill Clinton. Pero, abierta la caja del pim-pam-pún todo vale. Todo recuerda al Capitán Renault, cuando exclamaba alarmado en Casablanca: «¡Santo Dios! ¡Cierren este garito! ¡Aquí se juega!».
Ya sólo falta que, en el colmo del cinismo, aprovechando el fin de una era, alguno afirme que el trombón que tanto aplaudieron siempre había desafinado.
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