Buena parte de su novela «Historias marranas de la ciudad paralela» se desarrolla en Vigo, donde el detective Cristino investiga el asesinato de unos travestis
23 nov 2009 . Actualizado a las 12:07 h.Nadie sospecharía de la caja de sorpresas que guarda Juan Antonio Marón cuando desempeña su trabajo como policía municipal al frente de la oficina de Relaciones Ciudadanas, un espacio en el que se resuelven, entre otros, los conflictos vecinales. Hasta tal punto llega su rigor que prefiere no leer los nombres de las denuncias por si encuentra el de algún conocido y ello le pudiera influir a la hora de tomar una decisión objetiva.
Al margen de su trabajo oficial, la actividad de Marón es desenfrenada. «En mi casa no entra nadie, todo lo hago yo: electricidad, empapelar, pulir...». Y es que este agente de la policía local es un manitas y consigue todo aquello que se propone, como consiguió diseñar e instalar la chimenea de su casa, con la que siempre había soñado.
Además de las incursiones caseras, sus aficiones, infinitas, siempre son creativas: cocina, moda, pintura...Sus secretos mejor guardados se llaman Diamantes opacos e Historias marranas de la ciudad paralela, dos novelas de intriga editadas por él mismo y agotadas en las librerias. En apenas dos meses cubrió el coste de la edición y solo le quedan unos ejemplares en casa para los amigos. Aún así, la próxima vez prefiere escribir para una editorial y que ella se encargue de todo.
Más de la mitad de la segunda obra se desarrolla en Vigo, su ciudad natal. Droga, prostitución, crimen y sexo combinados con astucia y humor para conseguir embaucar al lector hasta la última página a través de un asesinato de travestis acaecido en Montero Ríos.
Los detalles no tienen desperdicio. Es el caso del consejo que recibe el detective privado Cristino Cifuentes para que cambie su nombre por el de Cristian Private Investigations, mucho más sugerente; o el de la peluquera Isolina, transformada en María Ilodosca Estilistas.
Juan Antonio es desde peqeño una persona de mundo. «Si mañana tengo que ir a China, me voy; me siento bien en casi todos los sitios, no me agobia nada». Estudió la EGB en la Universidad Laboral de Valencia, donde se fue con doce años y una beca. Tras cursar delineación y no encontrar empleo en esta profesión, posteriormente se trasladó a Zaragoza para trabajar en una fábrica familiar de confección. Allí aprendió a diseñar y a manejar una máquina para cortar tela. «No tuve enchufe, empecé desde abajo de todo, ocupando el puesto de una persona que hasta entonces preparaba las mercancías».
Sangre en los dedos
Al regresar a Vigo se puso a lijar coches en un taller mecánico hasta que le sangraban los dedos y luego decidió opositar a policía local, en cuyo cuerpo entró con 21 años. Como tenía el gusanillo de ir a la universidad se matriculó por la UNED en Ciencias Políticas y al llegar a tercero se especializó en la Unión Europea. Fue en ese curso cuando decidió hacer un paréntesis para ayudar a su hija en los estudios. Marón retomó la carrera hace dos años y en la actualidad está a punto de terminar cuarto.
Su gran afición es la cocina, le relaja mucho y hasta tiene una colección de delantales, sin los que no concibe acercarse a un fogón. «Cuando murió mi padre dije: tengo que hacer una empanada para liberar la tensión; otra gente llora, aunque yo a veces también, no me da vergüenza decirlo; además, ahora ya es bueno ser sensible». Para Marón «el hombre es el ser más perdido de este tiempo y las mujeres las grandes vencedoras».
Otra actividad que le libera es escribir, para él supone echar algo fuera. Se introduce tanto en su obra que llega hasta el punto de vivir la escena que describe.