En tiempo de crisis, Vigo no puede parar. El motor económico de Galicia está obligado a echar el resto. Hay que levantar el país. Así lo ha entendido el Sergas, con una medida que es ya la envidia de los ministerios de economía del planeta. Esto, conselleira Farjas, hay que patentarlo.
El plan -una de esas ideas sencillas, pero geniales- consiste en fomentar el tabaquismo, de modo que el número de fumadores se multiplique. Para conseguirlo, el Sergas acaba de cerrar el programa de deshabituación tabáquica que mantenía en el ambulatorio de la calle Cuba. La excusa ha sido ahorrarse unos euros, pero no hace falta ser un gran economista para saber que va más allá. Esto lo ve hasta Alan Greenspan.
El cierre de este programa, que ayudó a cientos de vigueses en los últimos años, podría parecer un error. No lo es. Dejar solos a los fumadores con su hábito, sin ofrecerles orientación médica, provocará alguna molestia. Pero, no nos engañemos, la gente al final se va a morir igual. Antes o después. Un año u otro. ¿Qué importa que lleven una vida saludable? No está el Sergas para eso, ni mucho menos.
Por el contrario, las ventajas de este recorte son indudables. El 67% del valor de una cajetilla de tabaco son impuestos. Y España recaudó el pasado año 9.266 millones en tasas sobre el tabaco, lo que representa una subida del 4,5% sobre 2007.
Con lo que se saca de los fumadores se hacen autopistas, escuelas, hospitales y se le paga el sueldo a la conselleira Farjas. ¿Cómo se podían mantener programas de asistencia que redujesen este maná? Y mucho menos pagados con dinero público, pese a que este provenga de los impuestos de los propios adictos. El que quiera dejarlo, que se aguante, o que se lo pague.
Hay que felicitar al Sergas por esta gran decisión. Que le permitirá ahorrarse ni mil euros de horas extras al mes. Pero, a un tiempo, mantendrá el tabaquismo en alza, lo que contri-buirá a la riqueza del país.
Hace años que, cuando fumo, siento un extraño orgullo patriótico. Y hasta me ha parecido observar que, por la calle, soy visto con admiración. «Mira, Pepito -le dicen los padres a sus hijos» aquel señor de allí, el que fuma, es un filántropo». Los niños se qued-an admirados. Y algún transeúnte, al verme con el pitillo, ha querido venir a agradecérmelo: «En estos momentos difíciles, gente como usted... ¡Qué servicio a la sociedad!». Así que ahora, con los ahorrillos de la señora Farjas, no me queda sino seguir cultivando el vicio. Por solidaridad. Y, si es usted, amable lector, también vigués y fumador, siga mi ejemplo: No lo deje. La ciudad no debe parar. Esto tiene que echar humo. Galicia lo necesita.
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