«Duermo en un cajero tras perder mi trabajo»

Xulio Vázquez

VIGO

Quiere retornar a Buenos Aires, pero no tiene dinero para comprarse un billete.

15 sep 2009 . Actualizado a las 13:06 h.

Duerme en un cajero automático. Y no es que se pase la noche en vela a la espera de que le devuelva la tarjeta de crédito. Se debe a que se ha quedado sin blanca. Dicen que se puede comprar la cama, pero no el sueño. A Néstor Walter Astral (Buenos Aires, 39 años) le sucede todo lo contrario. Aunque a este paso sufrirá pesadillas. Una mala noche la tiene cualquiera. Pero ya lleva medio año sin techo y su futuro se torna más negro cada día.

No hace tanto tiempo que era feliz en su matrimonio. Hasta tenía un buen trabajo. Pero a este técnico en telecomunicaciones se le empezaron a torcer las cosas. Ahora está separado y en trámites de divorcio. Perdió el trabajo y no logró conseguir otro. Agotó los pocos ahorros que tenía en pensiones baratas. Tuvo que coger el camino de la calle y acabó tropezando con la indigencia. Por su aspecto, nadie diría que está sin un euro en los bolsillos. Sin embargo, afirma que ya no puede ni ir a ver a sus hijos a Ponteareas, porque no tiene dinero para el autobús y mucho menos para comprar un billete de regreso a Argentina.

«Desde hace más de cinco meses duermo en el cajero automático de una entidad bancaria que está en O Calvario. Y voy a los comedores sociales. Estoy en la calle tras perder el empleo», asegura.

Había emigrado a España junto con su esposa, que es hija de gallegos, hace once años. Vivían en Ponteareas, donde nacieron sus dos hijos, de 9 y 5 años. «Estuve siete años empleado en la empresa R, haciendo instalaciones, pero se me acabó el contrato hace tres años y no me lo renovaron. Luego tuve trabajos esporádicos, incluso en el puerto, en la carga y descarga de pescado», señala.

Su relación matrimonial se había deteriorado y, nada más perder el trabajo, hizo la maleta y retornó a su ciudad natal de Buenos Aires. «Me marché, porque pensé que iba a estar mejor con mi familia. Al llegar allá, me puse a trabajar en una empresa de seguridad. Pero extrañaba a mis hijos y decidí volver para poder verlos. Traje algo de dinero y los visitaba cada domingo. Me albergué en hostales y no paré de buscar trabajo, pero sin éxito», argumenta. «Ahora me refugio, cuando me dejan, en albergues y acudo a los comedores sociales. Apenas puedo ir a ver a mis hijos, por la falta de medios. Me quiero marchar a Argentina, pero no encuentro solución», añade.

Los albergues gratuitos tampoco son una bicoca. «Ofrecen pocos días para dormir. Son cinco en Teis y dos en el del padre Carlos, en Marques de Valterra. En este se puede repetir a los ocho días, mientras que en el primero ha de pasar un mes», lamenta.