La vuelta al mundo en barco-stop

Xavier Barros

VIGO

El vigués Miguel Ramis navegó tres años haciendo dedo. Incluso llegó a trabajar ilegalmente para un buque de pesca

17 ago 2009 . Actualizado a las 12:51 h.

Con 20 años, Miguel Ramis, originario de Vigo, dio la vuelta al mundo en barco-stop en tres años. «Llevaba tres años viviendo en Madrid y trabajando en publicidad. Me di cuenta de que aquello no era lo mío y me quería dedicar al mar» , comenta.

Hace ocho años, abandonó su trabajo y se fue a las Islas Canarias en busca de algún velero que necesitara tripulación. «Había ahorrado unos 5.000 euros y mi intención era guardar siempre unos mil como reserva para poder comprar un billete de avión y regresar si fuera necesario», confiesa. Se embarcó en el velero de un británico con una tripulación de dos jóvenes argentinos, un alemán, un suizo y una holandesa. Partieron hacia la isla de Santa Lucía en un viaje de 23 días.

Una vez en tierras caribeñas permaneció unos días viviendo en una cabaña cedida por una mujer hasta que consiguió el contacto de unos australianos que le propusieron viajar a Tahití semanas después. Entretanto trabajó en un chárter por las islas Vírgenes, Saint Martin, Saint Kitts y Nevis y otros lugares. Al concluir la gira caribeña, tomó un vuelo hasta Panamá para reunirse con los australianos, cruzar el canal y emprender la ruta hacia la Polinesia francesa.

«Éramos tres personas: el capitán, su mujer y yo, de manera que él y yo nos repartíamos las guardias», indica Ramis. Primero hicieron escala en el archipiélago de Las Perlas, luego siguieron hasta las islas Galápagos y continuaron hacia las Marquesas para acabar en Tahití, donde la pareja dejó el barco.

Tras varias semanas de búsqueda, Miguel encontró a un británico que necesitaba tripulación y se fue a Morea, en la Polinesia francesa. Visitaron Bora Bora y otros lugares del Pacífico hasta que se estropeó el molinete del ancla y hubo que repararlo.

A falta de visado para quedarse, zarpó en otro velero de una pareja -irlandés y holandesa- hacia Tonga, parando previamente en islitas y lugares inconfesables por su extremada fragilidad y belleza. Luego siguió hacia las islas Cook, Niue y finalmente Tonga, donde la pareja se quedó, y Miguel encontró a otra pareja mayor de británicos con su hijo y un tripulante noruego que les ayudaba en las tareas a bordo.

En el camino, cuando que se atraviesa el meridiano 180 y es necesario no solo cambiar de hora sino de día, Miguel vio un insólito espectáculo: «un arco iris nocturno con luna llena», un fenómeno que pocos navegantes han contemplado.

Recorrieron Tonga, Fiyi y Vanuatu, prosiguieron hacia Brisbane, al este de Australia. Permaneció medio año en espera de la temporada en que los veleros van al Índico. Trabajó en granjas ecológicas, hizo pulseras que vendió en las calles y hasta se empleó ilegalmente en un pesquero que faenaba para una multinacional española. Finalmente, convenció a una canadiense en su furgoneta para acompañarle durante 4.000 kilómetros hasta Darwin, desde donde partió con el barco del irlandés hacia Bali, Java, Suva, y continuó por Chagos hasta las Seychelles.

Prosiguió hasta la isla de Lamu, en Kenia, cruzó el mar Rojo, en Egipto visitó incluso Luxor, cruzó el canal de Suez y, tras refugiarse del mistral en Cerdeña, llegó a Palma de Mallorca. «Como llevaba tres años fuera, mi intención era tomar una vuelo y sorprender a mis padres en Vigo, pero el capitán les había advertido con antelación y ellos me sorprendieron al esperarme en el puerto de Palma de Mallorca», comentó Miguel, que llegó con «doscientos euros en el bolsillo» tras completar su particular vuelta al mundo. «Estoy encantado de haberlo hecho».