Segregación sexual en la playa

La Voz VIGO|

VIGO

16 jul 2009 . Actualizado a las 11:05 h.

Eduardo Rolland La cuerda. No se hablaba de otra cosa en las playas de Vigo de hace un siglo. En concreto, del paisaje que se divisaba a un lado y a otro de la misma. Porque una gruesa maroma dividía a los bañistas por sexo: Las mujeres a un lado y los hombres, a otro.

La «segregación sexual» en la playa se impuso en la ciudad hasta que cayó en el olvido, en la década de los 30 del siglo XX. Hasta entonces, ni siquiera las familias podían acudir juntas a disfrutar del mar y de la arena.

La cuerda separaba en dos mitades el balneario de San Sebastián, situado donde hoy está la gasolinera de Beiramar, y que era la gran playa urbana de Vigo en la primera mitad del siglo pasado. La prevención buscaba evitar el pecado de la lujuria, aunque la tentación fuese altamente improbable, porque los modelos de bañadores y las costumbres de estos tiempos no daban para grandes alegrías a la vista.

El sistema para darse un chapuzón era complejo. El balneario de San Sebastián disponía de una construcción en madera, erguida sobre pilotes. Amarradas a este edificio había unas casetas playeras, de tela de rayas, en las que se introducían las mujeres para vestirse unos bañadores inverosímiles, que las cubrían por completo. Sólo una «burka» talibán dejaría ver menos que aquellos modelitos que en nada se parecían a los que lució Pamela Anderson.

Tras vestirse la bañista, la caseta era desplazada por unas pasarelas de madera hasta el borde del agua. Allí se abría la puerta y, como una exhalación, salía la viguesa corriendo hacia el mar, para ocultarse en las olas. En las proximidades, familiares cronometraban su baño, que por entonces tenía más virtudes terapéuticas que de recreo. Las sales y yodos de la ría eran apropiadas para tratar múltiples enfermedades e incluso se debatía qué playa reunía más virtudes medicinales.

La de San Francisco, situada frente a O Berbés, pronto sería abandonada, pues la cercana Fábrica de Gas emitía regulares vertidos de alquitrán al agua. Y es por ello que en seguida se impuso el balneario de San Sebastián.

Por otra parte, tomar el sol era impensable. Hasta los años sesenta del pasado siglo no se consideró elegante, ni saludable, broncearse en la playa. Tras sus baños, las viguesas se vestían y se cubrían con pamelas, para evitar un moreno que era el color de la piel de los trabajadores del mar y del campo. La buena sociedad tenía en su palidez un motivo de orgullo, y una reivindicación de clase.

Al otro lado de la cuerda, los hombres, hacían lo propio, usando bañadores de cuerpo entero, inspirados en los diseños atléticos y del deporte, que hacía furor en la sociedad de principios del XX. Los más rijosos, buscaban oteros desde los que espiar a sus vecinas, emocionados ante la posibilidad de intuir alguna que otra pantorrilla.

Por último, la religión tenía su espacio en las playas viguesas de hace un siglo. Nadie se atrevía a bañarse hasta la segunda quincena de julio, pues se esperaba a que se bendijesen las aguas, por la festividad del Carmen. Era entonces, ya santificada la ría, cuando las virtudes del mar alcanzaban su máximo esplendor.