Los presidentes de las peñas Alvarito, Quinocho, Canteira y Siareiros se conjuran para el dramático partido de mañana y se esfuerzan por sumar espectadores a la cita
22 may 2009 . Actualizado a las 12:31 h.Plácido abrió brecha entre los amigos de sus hijos. Preside la peña Canteira. «Terei que levar os bocatas e as cocacolas pero polo menos convencín a seis». Hace años los carnés se le escapaban de las manos. «¿Oes, tes algún libre?». Ahora ha tenido que utilizar el verbo de un veterano para persuadir a un grupo de chavales.
Toñita lo ha hecho en la empresa que dirige. «Me los llevo a todos, los he tenido que sobornar para ir al campo». Sus veintitrés trabajadores cruzarán mañana la puerta del vetusto Balaídos como si de una excursión escolar se tratase. Toñita es Antonia Mouriño, la presidenta de la peña Quinocho. A su lado, Lucas y Jorge, los hijos de Jes, patean una pelota ataviados con la elástica celeste. Tampoco faltarán.
«He convencido a tres compañeros de trabajo para que vayan con sus mujeres». Seis más. El celtismo despierta de un profundo letargo ante las orejas de un lobo, el de la desaparición, que les funde el cogote. Por eso, la idea de repartir invitaciones ha sido bienvenida por todos. En el fondo, las peñas llevaban ya tiempo reclamando algo parecido.
«Todas las iniciativas para llevar gente al campo son pocas, yo soy socio y no me importa que regalen las entradas, por mí como si abren las puertas en los partidos que faltan», reconoce Manolo Fernández, presidente de la peña Alvarito. «De momento llevo convencido a siete, pero me quedan cuatro entradas que pienso colocar antes del partido». Y así la suma sigue.
El celtismo renace de las cenizas cuando casi estaba tieso. Solo ayer se repartieron más de dos millares de invitaciones a socios. Otras tantas entradas se han vendido. «Es una pena que la televisión pueda retransmitir el partido, no creo que nos beneficie», dice Manolo.
«E que ninguén poña a chuvia, que dicen vai caer, como escusa para quedarse na casa», sigue Plácido. Cualquier cosa parece preocuparles. Como si su empresa fuera que nada fallara en la grada. «¿A quién pondrá Eusebio?, ¿no saldrá con los tres de marras?». Y otro debate.
«Ha sido un error tremendo del club castigar a esos jugadores esta semana, ¿no podían haberlo hecho después?», dice Toñita. «¿Qué quieren, echar a la gente encima?». Manolo le rebate. «Que los aparten y ya está, que cunda el ejemplo. No queremos a ninguno en el campo en lo que resta de liga». Se enzarzan durante un par de minutos, hasta que se dan cuenta de que ese no es el camino.
«¿Xa os sancionaron, non?. Pois punto e final», remata Plácido. El resto asiente con la cabeza gacha. «Ya habrá tiempo para esto». Se convencen. Son como una familia, otras veces no tan bien avenida, reunida ante la camilla de un hospital. Todos quieren donar su corazón. Todos quieren prestar su sangre. Para que el Celta se salve.