Los sindicatos del Metal están preparando oposiciones a La Gota de Leche. Por lo visto, tienen un plan para que sus representados sean de los primeros en entrar en el futuro albergue para los mendigos y transeúntes.
Tras un brillante mes de paros y movilizaciones, ya sólo falta alargar el asunto un poco más para que los 27.000 trabajadores del sector cambien el mono azul por unos elegantes andrajos y vivan en Príncipe tocando la flauta. Junto ellos, para redondear el éxito de esta campaña, estarán también algunos empresarios, un sinnúmero de autónomos y no pocos cooperativistas que, tras echar el cierre, pasarán a disfrutar de la libertad como nuevos vagabundos.
No hay otra explicación para las salvajes movilizaciones que estamos viviendo. No puede creerse que esto se haga por la firma de un convenio a uno o a dos años, o por exigir nada menos que un 7 por ciento de subida salarial, en un entorno de deflación. Algo más tiene que haber. Y, obviamente, será que los inteligentes líderes sindicales del sector quieren inaugurar La Gota de Leche por todo lo alto, convirtiendo a 27.000 trabajadores en 27.000 pobres de solemnidad.
La ciudadanía viguesa no valora, sin embargo, estos esfuerzos. La estrategia busca hundir a uno de los pocos sectores que iba bien en nuestra maltrecha economía. A cambio, sin embargo, cuando terminen las movilizaciones, tendremos un boyante sector de transeúntes. Suburbios hay en la India que lucen más prósperos de cómo va a quedar el Vigo que sueñan estos sindicalistas.
No obstante, el camino no va a ser fácil. Por el medio, cada dos días, habrá de cortarse el tráfico, quemar contenedores, destrozar marquesinas del autobús, apedrear algún coche e, intentar, en general, destruir Vigo. ¿Para qué hundir a un solo sector -pensarán estos grandes estrategas- si podemos acabar con todos?
El proceso despierta algunas quejas. «Tengo dos hijos en el paro y no andan cortando el tráfico», se quejaba ayer el conductor de una furgoneta, atrapado en la avenida de Beiramar. Con un par de semanas más sin reparto, como consecuencia de los atascos, pronto este chófer se unirá al sector de sus hijos, uno de los más nutridos, pues ya suma cuatro millones de ciudadanos.
Lo curioso es que no son pocos los propios trabajadores que están ya hasta el gorro de sus sindicatos y de estas campañas salvajes. No todo el mundo, entre 27.000 personas, es partidario de cortar el tráfico, quemar contenedores y arrasar las calles. El número de descontentos crecerá cuando, el próximo lunes, 1 de junio, se paguen las nóminas. Algunos descubrirán entonces que les han descontando en un mes lo que les iban a subir en un año. E irán a pedir explicaciones a sus sindicatos. Se desconoce si estos señores les van a dar de comer. Pero confiamos en que, al menos, tengan la gentileza de acompañarles hasta La Gota de Leche.