Viernes Santo en Vigo

VIGO

Hola. Sé que estáis ahí. No somos muchos, pero seguimos aquí: en Vigo. Tras los atascos interminables de la avenida de Madrid, la ciudad ha sido tomada por el silencio. Parece que no hay nadie. Sales a la calle, y te sientes como Charlton Heston en El último hombre vivo. Como Will Smith en Soy leyenda.

Ayer me crucé con algunos de vosotros. Ibais como yo: atónitos ante la quietud. Incómodos. A veces, al pasar a vuestro lado, carraspeamos. Lo hicimos para llenar el silencio. Francamente, no sé por qué no nos saludamos. Es absurdo que nos ignoremos. Al fin y al cabo, tenemos mucho en común. Somos los vigueses que no se han ido de vacaciones de Semana Santa, los que decidimos quedarnos. ¿Acaso debemos avergonzarnos?

Ayer por la noche, desde el balcón de mi casa, vi luz en una ventana a lo lejos. Supuse que alguien había olvidado apagarla, con las prisas para salir hacia Portugal. Pasé largo rato escrutando aquella posible señal de vida. Fue inútil. Pero sé que estáis ahí.

A vosotros me dirijo, vigueses sin vacaciones. A vosotros, conciudadanos que os ocultáis en vuestras casas, porque no se vea que no habéis ido a ningún lado. A vosotros, que no habéis pagado un resort en Cascais, todo incluido. A vosotros, que no tenéis ni aldea. Compatriotas, abrid persianas, salid de casa. ¡La ciudad es toda nuestra!

Vigo no parece Vigo. Ya no porque puedas aparcar donde te dé la real gana. Ni porque no suenen bocinas ni sirenas de ambulancia. Tampoco porque apenas haya coches y un tráfico endiablado. Vigo no parece Vigo porque no hay vigueses. Por una vez en el año, la ciudad se instala en la irrealidad. Y, para confirmarla, te puedes encontrar una procesión de tipos con capirote que arrastran un paso que avanza sobre ruedines. Un Viernes Santo en Vigo es lo más parecido a estar muerto.

Es por ello, compatriotas, que ha llegado la hora de unirse. Saludémonos por la calle. En lugar de pasear como zombis por la ciudad desierta, unámonos en esta desgracia. Somos los vigueses que se quedaron en Vigo. Pero no somos la última escoria de la Tierra. Subamos al circular. Cojamos el barco a Cangas. Aparquemos en el centro. Caminemos despacio. Escuchemos el silencio. Tomemos esta ciudad desierta que hoy no se parece a si misma. Marchemos con orgullo por este Vigo que, más que en Semana Santa, parece el del día siguiente de la bomba de neutrones.