El coche como anécdota

VIGO

No entiendo nada: el ganador de las últimas elecciones a la Xunta ha anunciado, como primera medida de mandato, que se va a comprar un coche. Aún no ha llegado al cargo, pero Feijóo ya ha manifestado que quiere un Citroën C-6, deslumbrante modelo francés que utiliza en sus viajes el presidente Nicolás Sarkozy. Si esto te lo cuentan así, tal cual, hace menos de un mes, alucinas. Un presidente electo, en la misma noche electoral, anuncia a la ciudadanía que se va a comprar un coche. Ante semejante astracanada solo cabe pensar dos cosas: la primera, que ese mandatario vive en el país de las maravillas, donde no hay ningún problema. La segunda, que el coche, propiamente dicho, ha sido el gran problema.

Como comienzo de etapa, el cambio de coche resulta asombroso. Si semejante anuncio lo hace el presidente de la comunidad de vecinos de Aquí no hay quien viva, te partes de la risa. Pero parece ser que, en la política gallega, el vehículo es muy importante.

Económicamente, la maniobra es poco defendible. No sé qué van a darle a Feijóo por el tanque de Touriño. Y, con el cambio, dudo de que salga a cuenta. Pero como síntoma, es bueno. Revela que a la gente le ha llegado lo del coche, que el mensaje a calado, que la idea del despilfarro del bipartito ha sido el mensaje de campaña más valorado.

Otra cosa, sin embargo, es que la gente haya votado por eso. Y yo creo que no. A mí que Feijóo cambie de coche no solo me la trae al pairo, sino que incluso me parece de mal gusto. Y no le veo la ventaja.

Lo que de verdad me importa es que el nuevo presidente cumpla. Que no haga como hizo el anterior. Porque si yo tuviese algo que reprocharle a Touriño no sería el coste de su vehículo, sino los incumplimientos a que sometió a Vigo, por ejemplo. No se puede decir en campaña que vas a traer aquí la Consellería de Pesca y luego no hacerlo. Las excusas que luego presentó resultaron patéticas. Tampoco se puede paralizar, como lo hizo, la ley de área metropolitana. O enviar con anuncios, maquetas, planos y pantomimas a sus conselleiros sin que nada se materializase en nuestra ciudad. Ése fue su error, y no el coche.

Y que no crea tampoco Quintana que perdió las elecciones por una foto en un yate. Las perdió, por ejemplo, porque se pasó cuatro años diciendo que la Ciudad de la Cultura era el Mausoleo de Fraga. Prometió demolerla y dedicar el dinero a otras cosas. Y, cuando llegó al poder, se olvidó de sus promesas y se entregó al posibilismo.

Cuando uno promete, tiene que cumplir. Y estos dos no cumplieron. El nuevo, con lo del coche, empieza con una anécdota rayana en el absurdo. Confiemos en que, a partir de ahí, cumpla.