El campo de tierra de Massó se inauguró el 19 de marzo de 1953 con la visita del Celta. Han pasado más de 55 años sin que se la haya tocado ni una coma. Allí, en medio de un lodazal, se buscan la vida los equipos de categorías inferiores del Alondras. Diez plantillas en total. «La iluminación no es la adecuada, los cables están sueltos y se balancean. Cuando hace viento o llueve chisporrotean como relámapagos. Tenemos ratas de vez en cuando en el vestuario, por la proximidad de la depuradora. No hay manera de echarlas», denuncia Roberto Martínez, coordinador de categorías inferiores y técnico del equipo juvenil de liga gallega. «Aquello está muy mal, da pena verlo. Cada vez que llegaba a casa, mi madre se enfadaba conmigo por que llegaba con el barro en las orejas y tenía que aguantar una bronca», recuerda Aarón, criado en las categorías inferiores del club. Ese es uno de los problemas. Los niños no aguantan «Se hace difícil convencer a los chavales para que se queden con nosotros. Cada vez más. Cuando ven donde entrenan, donde juegan, donde se duchan... solo en el centro de África puede haber algo en estas condiciones», se lamenta el preparador. La otra alternativa, la del campo de Monte Carrasco, que alternan todos los equipos base del Alondras con el de Massó tampoco permite halagos. «Es un lodazal, cada vez que llueve la tierra se desplaza y solo quedan huecos y charcos. Es complicado entrenar cuando el balón ni siquiera bota», reconoce Aarón. «Hasta los equipos de Tercera Regional tienen instalaciones mejores que estas», añade Roberto. Cada semana, doscientos deportistas del Alondras repiten el mismo lamento.