Tras tanto abrir Vigo al mar, tenía que pasar esto: Que los yates acaben "navegando" por la calle Urzaiz. Así ocurrió el martes con el Caro Mía , velero de doce metros de eslora, al que un despistado camionero alemán paseó por el centro de la ciudad, montando un fenomenal atasco.
La estampa del barco entre el tráfico vigués ha despertado más atención mediática que la salida de la Volvo Ocean Race hace tres años. En aquel entonces, el evento apenas ocupó una noticia breve en el telediario, mientras que el Caro Mía ha sido recogido por varias televisiones estatales, ávidas por dar color al gris generalizado de la crisis.
Como en Vigo no queremos ver el mar, viene al mar a vernos tierra adentro. Al igual que, en mayo del 68, se decía que bajo los adoquines estaba la playa, aquí tenemos también esa impresión: Que tras los edificios gigantes de la Xunta, las estaciones marítimas amuralladas, los puertos deportivos infinitos y los colosales centros comerciales está el mar, en efecto, aunque tal creencia sea cuestión de fe.
A falta de mar, nos queda su remedo, que alcanza cotas de sainete en la reciente reforma de la plaza del Berbés, donde cuatro gamelas de cartón piedra yacen varadas sobre el granito gris extremeño, convertidas en maceteros. La estética es opinable, pero yo he visto, en algunos bazares chinos, lámparas-teléfono con más arte y gusto que la composición estilo "barco de Chanquete" instalada frente a los históricos soportales.
Al "Caro Mía" lo perseguían el martes por todas las calles de la ciudad. Detrás del yate iba media Policía Local, con el multamóvil en cabeza, echando humo por las orejas. El camionero teutón, metido a capitán de la marina mercante, seguía a lo suyo, ajeno a la procesión, dispuesto a no detenerse a menos que viese por el retrovisor a la Guardia Civil del Mar. Si metes un crucero por el centro urbano, ya no te para ni la Sexta Flota.
Yo fui el martes uno de los afortunados en ver navegar al "Caro Mía" por el carril bus. "¿Qué será eso?", me dije. "Un barco", me respondió un tipo que esperaba el vitrasa. "¡Un barco!", repetí, "¿De esos que van por el mar?" Y entonces fue el señor el sorpendido: "El mar", dijo, "me suena eso del mar, ¿Es lo que dicen que hay detrás del Mediamarkt?"
Como, probablemente, yo soy tonto, no supe qué responderle. Pero me quedé observando al "Caro Mía", fascinado ante el milagro: Después de tanto abrir Vigo al mar, por fuerza el mar, harto de tantas aperturas, decidió el martes venir personalmente a vernos.