Vigo es una ciudad sin historia. La frase ha sido repetida tantas veces que muchos vigueses ni se acuerdan de su infancia. Pero no, todos tenemos pasado, algunos incluso se esfuerzan en ocultarlo. Los arqueólogos y los historiadores se encargan de desmentir a los políticos ignorantes.
Bajo las mismas calles que pasea usted todos los días, hay numerosas pruebas de que los antiguos no eran tan tontos como para despreciar la costa viguesa como lugar de residencia. Sí, es cierto que esto debió de ocurrir al margen de la oficialidad, como acontece en la actualidad. Ni la diputación romana de turno, ni la correspondiente xunta sueva o el paralelo a la junta del puerto de los Austrias tuvo sede en la zona. Pero al margen de Poncios y otros estómagos de engorde público, la gente de la zona se buscaba la vida desde los tiempos prehistóricos.
Dese una vuelta por la cadena montañosa que rodea la ciudad y saltará de mámoa a mámoa y tiro porque me toca. Castros, villas romanas, factorías, salinas o numerosas aras funerarias nos recuerdan que antes y durante la romanización había ya jichos y jichas trabajando de sol a sol en nuestro municipio. Las épocas históricas siguientes también están documentadas en mayor o menor medida por nuestros historiadores.
Ocurre que durante el desarrollismo salvaje que sufrió este punto de la galaxia, los intereses económicos aconsejaban negar el pasado y, lo que es peor, convencernos a todos de ello. Pero el pretérito es muy terco y se empeña en reivindicarse, que por algo es vigués.
La cosa se volvió tan evidente en la actualidad que ya hemos inventado la fiesta romana de Vigo. El Poncio Pilatos ya lo tenemos, el Cristo también, así que solo falta que contraten a los leones y ya tendremos nuestro péplum vigués.
Por cierto, desde mañana, usted puede ya visitar un museo que nos muestra cómo vivían los acaudalados colonos romanos en nuestra costa. Es la villa romana de Toralla. Que la disfruten y cuiden.