¿Seguro que lo llevamos todo?

Blanca A.-Blázquez Márquez Alejandro Martínez

VIGO

Palas, sombrilla, crema, aletas, cubo, rastrillo, gorro, colchoneta, flotador, ganapán, corcho y churro flotante: las excursiones a la playa son una sucesión de cachivaches no siempre útiles. La Voz lo comprobó en directo

16 jul 2008 . Actualizado a las 12:04 h.

La imagen del dominguero descargando bártulos y más bártulos del maletero del coche a primerísima hora de la mañana para conseguir un sitio privilegiado en el que situar su toalla ha acabado por convertirse en un mito del verano. Aunque en Vigo, el mito tiene piernas. Y las usa para caminar por las playas cargado cual feriante en día de romería. Para integrarse en la jet set playera es imprescindible llevar tropecientas cosas a la arena: útiles o no, lo importante es que sean lo suficientemente llamativas como para arrancar un jaleo de admiración entre quienes se entregan plácidamente al verano sobre la arena. Atrás quedan esos años en lo que una toalla, una sombrilla y dos o tres cacharritos de los críos bastaban para ver a las madres deslomadas llegar con cara de «ya no puedo más» a la playa.

Ahora eso ya no es cool. Impera el cuanto más, mejor. En el nuevo kit playero cabe casi todo: desde un clásico gorro a un extraño e ineficiente churro flotador (que así se llama el engendro). El paquete más básico vendría formado por la sombrilla, la toalla, la silla (difícil resultará verlas más aparatosas que las de este año), los cacharros de los niños (cubo, pala, rastrillo), la fiambrera, la radio y las cartas, destinadas a una repentina partida de mus.

Pero el kit básico es utópico cuando la familia es numerosa. Pocos son los niños que disfrutan con lo mínimo. Lo explica José Luis, un asturiano con tres niños que ha llegado a Vigo para pasar unos días de descanso: «Son necesarios una ristra de aparatejos que consigan tenerlos distraídos toda la tarde». En la ristra de la que habla entre ganapanes, balsas, flotadores, manguitos y tablas. Aunque hay quien le añade al cupo el citado churro flotador, unas aletas de buceador, un Frisby y un buen saco de objetos de plástico con tantos colores como inextricable utilidad.

Pero no todo va a ser diversión. También hay que comer. Y por ahí, por el apetito y lo necesario para saciarlo, engorda el saco playero. Y de qué manera: basta ver a ese padre de familia que llega a la playa de Alcabre con una docena de barras de pan y un par de neveras repletas de un manjares preparados en toda una mañana de sudores para entender lo complicado que puede llegar a ser comer en la arena. O esa familia de Saiáns que lleva una sandía tan grande que no entra en la cesta: «No sabes bien cuánto son capaces de comer estos», le dice al cronista la madre de familia, mientras señala a tres niños con sus tres bocas llenas de dientes.

Aunque no se engañen: no hace falta ser familia numerosa para ir a la playa tan cargado como un montañista en el Himalaya. Que se lo cuenten a Raúl y a su novia, una pareja que además de calentar su amor por la arena se pertrecha para bucear y jugar a palas. «Llevo todo el año las aletas en el coche, dispuesto a darme un chapuzón en cualquier momento», explica. A su lado, una pandilla simplifica el equipo: basta un balón y unas toallas para montar un partido y una mañana de playa. Otros se dan al deporte individual: un reproductor de música, la última novela a la que están enganchados y una revista de crucigramas o sudokus alcanzan para matar el tiempo al sol. Hay quien cambia los sudokus por calceta y quienes se hacen acompañar por lo niños y por los perro para pasear por el carnaval toallero que hace del disfrute de un día de playa una odisea a la que aún le falta un mal trago: empacarlo todo para volver a casa.