Un tiempo en el que la desigualdad entre hombres y mujeres campaba a su antojo en la sociedad. También en los países que se consideraban desarrollados. Bien podría ser en el futuro (ojalá que inmediato) el arranque de una de esas historias de ficción que siempre tienen un final feliz. Significaría que no tendría sentido que haya un Día de la Mujer y que el 8 de marzo trocaría su carácter reivindicativo en festivo.
Pero ese momento no ha llegado. A la vista está. No es esta la sección más adecuada para desgranar la nómina de desigualdades, pero sí para dar cuenta del sarao que ayer montaron en la plaza 8 de marzo (¿qué mejor escenario?) distintas asociaciones de mujeres. Bajo el lema «A revolución comeza aquí», se celebraron mil y una actividades, algunas especialmente dirigidas a las más pequeñas. Por aquello de que la casa ha de iniciarse por los cimientos.
Así, hubo sesión de cuentacuentos, teatro, graffiti, lectura de textos, música, exposiciones...
Las organizadoras habilitaron unos grandes murales blancos con el objeto de que cada cual dejase constancia del pensamiento que le pareciese oportuno. «A revolución comeza aquí», «Soy mujer y no quiero morir en el intento», «No al maltrato», «Derechos igualitarios», «Los espacios públicos también son de las mujeres» o «Soy mujer, soy libre», fueron algunos de dichos pensamientos.
También hubo espacio para el arte, en este caso puesto por la mano experta de un grupo de grafiteras. Nunca imaginó Clara Zetkin que prácticamente un siglo después de que propusiera organizar un Día Internacional de la Mujer, seguiríamos en ello. Pues seguimos.
Acaba de fallarse el premio Mulleres Progresistas. El mejor, a juicio del jurado, ha sido el que firma Fátima Peón, Miserere. El segundo y tercer puesto lo han ocupado, respectivamente, Surrealidades, de Clara Rodríguez y Pel de pataca, de Mar Guerra. Felicidades. Lo que ha unido la «mili»... Es el mejor de los pegamentos. Lo demuestran con regularidad los integrantes de Marinetea, la asociación que agrupa a más de un centenar de antiguos marineros de la extinta Escuela de Transmisiones y Electricidad de la Armada (ETEA). La última vez que hablé con su presidente, Carlos Pérez, fue a propósito de esa macroexhibición naval que quieren que se celebre en la ría de Vigo. Ya han dejado claro que están dispuestos a llamar a las puertas que haga falta.
Claro que entre llamada y llamada no descuidan sus habituales encuentros de confraternización. El último incluyó excursión a la Escuela Naval, donde fueron recibidos por las autoridades militares e invitados a un aperitivo. Es lo que tiene ser del gremio. El viaje tuvo gran demanda. Se juntaron más de 200 personas. Y es que incluía una visita guiada por el pañol-museo de la Escuela. Quiero ahorrarles a cuantos no estén familiarizados con el lenguaje marinero el vistazo al diccionario. Por lo de pañol, digo cuya definición es: «Cada uno de los compartimentos que se hacen en diversos lugares del buque para guardar víveres, municiones, pertrechos, herramientas, etc.»,
Antes de regresar a Vigo los veteranos marineros y sus familiares hicieron escala en el castillo de Soutomaior, donde seguro que quedaron tan maravillados como quedamos todos cuando contemplamos por primera vez (por segunda, por tercera...) su jardín de camelias, entre las que se afirma que se encuentra la más antigua de Galicia, o su bosque de castaños, alguno de los cuales se estima que ha cumplido los 800 (sí, ochocientos) años. Y todo gracias a compartir mili.